El Heraldo
Opinión

Formas de entender la política

No es de recibo que alguien, mucho menos un presidente que se ufana de su compromiso con la calidad democrática, reivindique una manera de entender y ejercer la política que la reforma de 2003 pretendió, sin mucho éxito, desterrar.

El sábado pasado, con ocasión de un homenaje póstumo al senador José Name Terán en Barranquilla, el presidente Santos hizo algunas consideraciones generales sobre el ejercicio de la política que merecen una reflexión.

El senador Name ha sido, sin duda, uno de los dirigentes que más han marcado la política del Atlántico y Barranquilla en la historia reciente. De él, el presidente Santos destacó dos virtudes: su “disciplina de partido” y su “sentido social”. Y elogió, por encima de todo, su forma de hacer política. “Entendía la política, ejercía la política y la ejercía de una forma muy eficaz: producía resultados”, proclamó.

Es posible que Name tuviera un sentido social, como sostiene Santos y como seguramente mantendrán aquellas personas que se consideren beneficiadas por las actuaciones del senador. Mucho menos habría que dudar de su lealtad al Partido Liberal, a cuyo servicio puso la maquinaria electoral que construyó en su dilatada vida parlamentaria.

Esto último, la lealtad de partido –de la que Santos se olvidó cuando le convino, según sus detractores–, es quizá lo que más echa de menos en este momento el presidente para afrontar la difícil batalla que se avecina por la reelección. “Cuánta falta hace hoy la disciplina de partido”, dijo en su intervención, suspirando por un viejo orden en el que el ajedrez político era, en cierto sentido, más claro que hoy y las fronteras entre partidos aparecían menos difusas.

Resulta, pues, comprensible que, en términos de estrategia electoral, el presidente Santos aspire a tener en su partido a muchos dirigentes con los atributos que le endilga a Name. Ello contribuiría, tal vez, a allanarle el camino hacia la reelección. Menos comprensible, al menos para muchos ciudadanos, es la apología sin matices que hizo el presidente de una forma de ejercer la política con la que identificó al senador homenajeado.

Sería injusto, y simplista, demonizar a Name como el responsable de la degradación de la política que vivió este país, y de manera especial este Departamento, en las últimas décadas. Muy probablemente, un análisis desapasionado sobre la figura del senador revele que en su trayectoria hay luces y sombras, como en la de cualquier mortal. Sin embargo, lo que nadie con honradez intelectual podrá negar es que Name, al igual que una abrumadora mayoría de senadores y representantes que han desfilado por el Congreso, fue partícipe de un sistema anclado en la más clásica tradición caciquil y caracterizado por unas prácticas electorales de dudosa pureza democrática.

En favor del senador se podría argüir que esa era la realidad de la política de Colombia en la que le tocó actuar y que, en ese contexto, intentó hacerlo lo mejor que pudo en beneficio de sus conciudadanos.  Incluso aceptando este debatible argumento, lo que no es de recibo es que alguien, menos aún un presidente que se ufana de su compromiso con la calidad democrática, reivindique en la actualidad aquella manera de entender y ejercer la política.

Más allá de los homenajes de los que se considere merecedor a Name, lo que corresponde hoy a los gobernantes y parlamentarios es trabajar por una mejora sustancial en el desarrollo de la democracia, algo que intentó hacerse, sin éxito, con la reforma política de 2003.

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