A deshoras por esa acción ineludible del tiempo, cuando el empate del Junior en el coloso del Sur contra el aguerrido Chicó ha sido deshojado en su totalidad, me propongo con el análisis de la lupa de los procesos tácticos, reafirmar, que la base de este equipo está sustentada en ese nuevo pentagrama, aún así, necesita cuando la tarde se oscurece y las ideas se esconden, el toque la magia y el perfume especial que tienen los genios rotulados con el número 10.

El pasado fue un juego raro que afirma una vez más que el fútbol es mentiroso y carece de lógica, para volverlo incomprensible, porque a pesar de algunos altibajos del equipo de casa fue el dueño absoluto de las acciones. Dos llegadas aisladas de los visitantes convertidos en gol, bastaron para silenciar el estadio. Resultado injusto por el esfuerzo y la forma de jugar de los tiburones. Por eso es justo resaltar la forma como remontó un marcador adverso, ante un equipo con oficio, sin descomponerse en sus líneas, siempre fiel a la premisa de recuperar para atacar en bloque, o en volumen, como dicen ahora.

El empate fue un justo premio al que puso la carne en el asador salpicado con ideas. La táctica del equipo de Alexis no coartó la inteligencia, al contrario, la estimuló. Aún así, con ese despliegue realizado hasta ahora para defender, se hace necesario perseverar en la concentración y comunicación para no ceder espacios. La colectividad en la ejecución de la defensa zonal no admite errores. La noche fantástica del arquero visitante indica quien tuvo los argumentos para esa descarga de artillería, solo que esta vez, ante la sólida defensa del contrario, la ausencia de ese jugador que marque la diferencia, el que hipnotiza el instante, al que le cabe el equipo en la cabeza y el corazón, se hizo más notoria que nunca.

Ese identificado con el número 10, especie rara en extinción, no lo tiene Junior, y la mayoría de equipos del continente. Una especie que se resiste a desaparecer, jugar sin esa lámpara de Aladino hace que en muchos pasajes el juego carezca de esa ilusión que alimentó el espíritu en el pasado. A los entrenadores les ha tocado hacer de la táctica el libreto con esas notas desaparecidas. Riquelme es, quizás, el último ilusionista de esa estirpe histórica, por algo Bianchi lo tiene en su banco.

La figura de un joven jugador llamado Edwin Cardona, que ha pisado el gramado en los segundos tiempos, me parece tiene los ingredientes de ese perfume llamado 10. ¿Estaré equivocado?

Directo al punto
Por José Deyongh Salzedo

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