Nietos adolescentes que ya tenemos a cuestas y que están en la edad de la preguntadera deportiva, sobre todo si saben más que sabido que su abuelo tiene una trayectoria deportiva más larga que la de cualquier colega suyo que tenga ganitas de pronto de ‘toparse’ con esta pluma. Pero que ‘la topa’ –como dicen los galleros– cuando están entrenando sus gallos para luego llevarlos a la gallera en busca de contendores. Más tarde no hay caso, porque la desmemoria ya nos pisa los talones.
Y ante una pregunta de ellos tan aguda que más nos parece que se las endosaron para que a vez maquiavélicamente nos la hicieran para ponernos en ‘calzas prietas’, como decían los viejos barranquilleros, nos preguntaron que “quién era mejor shortstop: si Phil Rizzuto o Luis Aparicio y de ‘ñapa’, cuál de los dos había durado más tiempo en las Grandes Ligas”. Tratamos de hacernos los suecos y respondimos que así, a la ligera, sin consultar con ninguna estadística, nos parecía que ambos fueron sólidos torpederos por muchos años, pero que apreciábamos que el venezolano había permanecido más tiempo todavía que el ítaloamericano.

Pero con estos jóvenes de ahora no hay escapatorias. Usted puede hacerse el pendejo y desoír una determinada ‘preguntita pringamocera’, pero ellos se la estarán recordando periódicamente a continuación. Seguro, como que 3 y 2 son 5. Y, en efecto, nos metieron entre los palos con la primera pregunta, que puede ser una ‘marañita’ hasta para un Mike Schmulson, ahora que no se diga para quien no tiene menos de 35 o 40 años de haber archivado ‘la locura’ de su añeja juventud en torno a las Ligas Mayores, cuando Joe Dimaggio y Ted Wiliams eran nuestros ídolos. “Consulten con Mike Schmulson” –les dijimos– pero respondieron que se halla en Estados Unidos.

Al fin pudimos quitárnoslo de encima con un episodio que le contamos cuando viajamos con Mike a Nueva York. Estábamos en el palco de prensa del viejo Yankee Stadium cuando llegó Rizzuto, ya retirado, pero ahora crítico de béisbol. Era como la oportunidad que esperaba un admirador suyo para ofrendarle el sándwich más grande que hemos visto en la vida. Un pan francés casi de un metro de largo que encerraba toda clase de carnes y embutidos: jamón, salami, mortadela, etc. Rizzutto dio las gracias y cuando el dador se fue le dijo a Mike que él “no se podía comer aquello” porque “cumplía un régimen duro para no aumentar de peso”. Y agregó: “Si te provoca, puedes disponer”. Y “patitas para que te tengo”. Decíamos los pelaos de lo años 30. Mike con las manos lo partió por la mitad y de una vez, muela con aquel manjar. Fue la única noche que no fuimos a ningún restaurante a comer, con el hartazgo que nos metimos, con perdón pedido a aquel pobre admirador de Rizzuto, que no supo el destino estomacal de su regalo.

Por Chelo de Castro C.

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