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Fotografía del desaparecido Charles Bukowski
Archivo.
Cultura

Una adoración centenaria llamada Bukowski

Se cumplen 100 años del nacimiento del poeta estadounidense, objeto de deseo de millones de aspirantes a escritores y hippies setenteros.

Lo mejor que hubiera podido ocurrirle a cualquiera de sus jóvenes fanáticos es no habérsele acercado jamás a mostrarle un manuscrito recién terminado al topárselo en alguna calle de Los Ángeles. Charles Bukowski, que este 16 de agosto cumpliría 100 años, representa el arquetipo adorado por legiones de aspirantes a poetas y escritores porque lo consideran  descarnado, visceral, irreverente, malhablado, pendenciero y todos esos estados del alma que embriagan a jovenzuelos y a poetas marginados. Pero Hank era un tipo serio que decía tener poco tiempo que perder en cosas que para él no iban a llegar a nada, como los textos de sus imberbes adoradores, por ejemplo.

El culto a Bukowski constituye uno de los lugares comunes del espectro literario: eres joven, tienes ambiciones de escritor y de repente conoces su obra. Entonces tienes una epifanía porque nunca habías leído nada tan ponzoñoso y crudo como El amor es un perro del infierno o como Mujeres. Y desde ahí empiezas a considerarlo una suerte de padre literario y profeta de lo sucio o sumo sacerdote de la religión de la carne. Les pasa a muchos. Algunos persisten e incluso le añaden a sus textos unas gotas de Henry Miller, una pizca de Lewis Foster, un tris de Andrés Caicedo y una que otra obscenidad gratuita, pero siempre con el gran faro de Bukowski iluminando el teclado, lo que les hace creer que son dignos herederos de su reino de marginados y bohemia.

No está mal tener ídolos literarios. Es igual que en la vida: el niño trata de imitar a su padre hasta donde le alcanzan sus primarias capacidades porque lo ve como un superhéroe. Bukowski lo es, ciertamente, pero otra cosa son sus ‘hijos’ imitadores que se inspiran sólo en el hálito que envuelve a su admirado escritor, pero no en sus profundidades y razones; y que se quedan con el ropaje áspero de poeta maldito tan mediatizado y rentable, para pretender luego tomar la posta y construirse su propio y artificial microcosmos literario.

Para ser Bukowski y escribir con la autenticidad de aquel tendrías que haber sido maltratado sistemáticamente por tu padre, por ejemplo, con palizas brutales cada vez que dejaras mal podado el césped; o haber padecido la peor versión del acné vulgaris en la adolescencia y verte obligado a esconderte el día del baile de graduación para que tus compañeros no notaran cómo brotaba sangre de las pústulas que te poblaban la cara; no haber tenido el valor de integrarte a la sociedad y haberte sentido rechazado y después viajar por el sur de tu país durmiendo en hostales, alimentándote con golosinas e intentando encontrar tu voz propia, mientras enviabas a decenas de editoriales manuscritos en los que hacías catarsis de todo lo que te pasó en la vida para terminar recibiendo negativas sucesivas porque, según ellos, no eras lo suficientemente bueno.

En una de las entrevistas que reproduce el documental Born into this, Bukowski suelta una pincelada de descreimiento de esas que pulverizan egos como un taco de dinamita en una cantera:

-¿Desde cuándo supo que era escritor?

-Nadie sabe que es escritor, solo creen que son escritores.

Hank, como lo llamaban sus allegados —abreviatura de Henry, su primer nombre­—, era un escritor compulsivo, lo que se refleja en la prolijidad de su obra. Escribía durante el día mientras se empinaba varias cervezas o cualquier licor que su economía le permitiera pagar, y sólo dejaba de machacar su máquina de escribir cuando se marchaba a su anodino y tedioso trabajo nocturno en la Oficina Postal. Y así, cada día. Como se ve, su necesidad de escribir mutó en disciplina, lo cual dista mucho del estilo de vida del forajido que pelea a botellazos todas las noches en bares de harlistas, como muchos se lo imaginan por el estereotipo comercial que han construido de él agentes y editoriales.

Detrás de esa percha de rockstar que enamora a pubertos y los inicia en las letras persiguiendo el arquetipo del intelectual salvaje, hay un tipo de facciones rudas y pocas palabras que terminó siendo considerado por una parte de la crítica como el mejor poeta estadounidense después de Walt Whitman —esto podrá ser discutible, claro—, a pesar de ser un bicho raro, vivir lejos de los círculos intelectuales y no tener respaldos distintos a su terquedad de escribir sin que nadie lo alentara a ello.

Escribir desde la necesidad vital o desde la tozudez del empeño; desde el impulso de exorcizarlo todo como terapia liberadora o desde una voluntad de hierro que no ceda ni un instante. En cualquier caso, Hank hizo de sus versos y de su prosa un vertedero de experiencias hostiles que no venían investidas del aura cool de los poetas de la generación beat: Kerouac y compañía. Era directo como un navajazo a la yugular, como el uppercut de Rocky Marciano, por eso se conectó primero con un pequeño porcentaje de una clase obrera medianamente ilustrada que lo leía en revistas satíricas de bajo tiraje en las que firmaba una columna titulada Notas de un viejo indecente. Cuando comenzó a publicar libros, años después, llegarían la fama, los recitales y miles de hippies y universitarios que asediaban su casa buscando conocer al nuevo profeta de los versos americanos. Esa época la recuerda en el precitado documental Lisa Williams, columnista y novia de Bukowski durante algún tiempo: “Vaya mierda, no para de venir esa estúpida gente que me quiere conocer, y yo tengo que descansar porque después tengo que trabajar. De eso va esta vida, malditos hippies”.

Bukowski era un asalariado que temía perder el empleo que le permitía seguir escribiendo con libertad; un tipo que escribía porque no podía no hacerlo, pero a quien le importaba un pepinillo lo que pensara el resto del mundo de sus versos: “Si a tus amigos les empieza a gustar tu trabajo, algo anda mal”, diría alguna vez, describiendo una actitud que no encaja en la cultura del mutuo elogio y del cálculo acomodaticio de los escritores y demás artistas de los tiempos que corren, a quienes no es difícil imaginar devanándose los sesos pensando en la pose con la que aparecerán en la fotografía de la solapa de sus libros o preparando las respuestas que les harán quedar bien con tirios y troyanos, situaciones que no serán ningún pecado mientras no las antepongan a lo único que de verdad importa: lo que escriben.

A la maledicencia de la vida que según él le tocó vivir por la desastrosa relación con su padre y el solitario y acomplejado periodo juvenil, habría que añadir la certeza de que todo llegó tarde a su vida. Sólo pudo comenzar a degustar el éxito literario y las comodidades cuando ya era un tipo que bordeaba los 60 años, y quizá no estaba ya a la altura de la voracidad sexual de las jovencitas que querían acostarse con el escritor fetiche de los setenta. Y se lamentaba de todo aquello: “Desde que gente como ustedes quiere oírme hablar de mierdas como estas me dan ganas de estamparte esta cerveza en la cabeza. Te diré por qué. Todo, en algún momento de mi vida, me ha llegado tarde. Me dan ganas de romperlo todo y decirles que se lo metan por el culo”.

Pero los arrebatos de ira y autocompasión ocasionales no impidieron que gozara del sexo fresco y dispuesto de groupies y fans de distintas nacionalidades y edades durante el proceso creativo para escribir Mujeres. Bukowski probó todas las féminas que le permitieron sus fuerzas en lo que él llamó socarronamente “investigación”, sesiones en las que retozaba en la cama con cinco o seis mujeres al mismo tiempo.

Cien años después de su nacimiento Bukowski sigue siendo un héroe para aquellos que quisieran ver lo sucio aplastando lo perfecto. Un auténtico oasis de pesimismo convertido en poster de pared en alcoba de adolescente. El cadáver de Hank no tiene la culpa de que lo sigas adorando, pequeño aspirante a escritor, pero no olvides que si él pudiera te molería a golpes.

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