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Neuman, también autor de ‘El viajero del siglo’ (2009), que ganó Premio Alfaguara, estuvo presente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
Neuman, también autor de ‘El viajero del siglo’ (2009), que ganó Premio Alfaguara, estuvo presente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Entrevista

“La imaginación es un reflejo atroz de lo aprendido”

El titulo es:“La imaginación es un reflejo atroz de lo aprendido”

Temas tratados

El argentino remueve el pasado colectivo del Fukushima a través de ‘Fractura’. Con esta novela regresa tras la ambición de ‘El viajero del siglo’.

“Si algo existe en un lugar, existirá en todos”. La frase, del polaco Czesław Miłosz, es uno de cuatro epígrafes de Fractura (Alfaguara), la más reciente novela del argentino Andrés Neuman que se sensibiliza con la fragilidad de las cosas. Del mundo físico, de la paz, de las relaciones, de la vida. 

Aquí conoceremos al señor Watanabe, un anciano japonés sobreviviente a las bombas de Hiroshima y Nasagaki que ahora también debe repararse tras el desastre nuclear de Fukushima. El movimiento de placas, sin embargo, no solo remueve al país del sol naciente. Llega hasta las antípodas, recordándonos como “nada está lo suficientemente lejos”.

 

P. Seguro que le preguntan mucho esto, pero no puedo dejar de hacerlo, ¿por qué Japón, por qué escribir sobre algo tan inmenso como lejano?

R.

Tomar distancia es la única manera de observarnos con un poco de claridad. Necesitamos salir de nuestra casa para saber quienes somos. A mí siempre me ha fascinado la posibilidad que la narrativa nos brinda para construir ficciones basadas en el viaje y el viaje de los viajes para nosotros como sujetos occidentales es asomarnos a Oriente, un contexto cultural que poco entendemos. Es probablemente nuestro lugar desconocido favorito en términos literarios y estéticos. Siempre me encantó Japón, desde niño, y cuando ocurrió lo del Fukushima pensé en como nada está suficientemente lejos o como todo lo importante sucede en todas partes. El terremoto fue tan fuerte que desplazó el eje del planeta más de 10 centímetro. Eso me conmovió verdaderamente.

P. ¿Cómo fue adentrarse en la mente de un anciano japonés, el señor Watanabe?

R.

El protagonista surge como una síntesis de personajes reales. Es un ciudadano colectivo, un hombre que resume muchas otras vidas. A mí me encanta lo que hay en la conciencia y memoria de las personas que sienten que debieron morir y siguen vivos, que sobrevivieron a alguna experiencia y empezaron a vivir, de cierto modo, una vida póstuma. Hay un único hombre, reconocido por las autoridades, que sobrevivió a las dos bombas atómicas de Japón y vivió casi 100 años, eso es lo más parecido a la inmortalidad que conocemos. Lo estudié y poco a poco apareció la cara de Watanabe.

P. Por el poeta peruano José Watanabe… allí está su poesía.

R.

Sí. Lo llamé así para homenajear a uno de mis poetas latinoamericanos favoritos, José Watanabe, de madre peruana y padre japonés. Esas raíces se detectan en su mirada y en su estética. Su poesía dialoga mucho con la literatura latinoamericana pero también con la sensibilidad e imaginario japonés. Es otra forma de conectar oriente con occidente. 

P. ¿Se considera feminista?, lo digo por esa narración tan cuidadosa a través de voces femeninas.

R.

Sí, sí y es muy natural en mí. Es que hay múltiples aplicaciones que el feminismo tiene en la escritura. Para mí es un momento liberador creativamente. Me entristece que se le vea como una corrección política porque esa es la parte más superficial. Lo profundo de esa visibilización consiste en releer críticamente nuestra educación. El feminismo permite la construcción mejores personajes femeninos. Es importante cuando vemos estudios como el de los últimos 25 años de las películas ganadores del Oscar. No había ni una sola película en un cuarto de siglo donde la mujer participara en los diálogos tanto como los hombres, incluso en las películas donde las mujeres eran las protagonistas. Es tremendo y muy elocuente. Lo que llamamos imaginación en realidad es un reflejo atroz de lo aprendido.

P. ¿Entonces es una forma de hacer justicia desde su obra?

R.

Sí, claro. Me parece importante construir personajes femeninos complejos y, por otra parte, es interesante hacer el ejercicio opuesto. Las mujeres se han visto obligadas a verse identificadas en su historia con discursos colectivos masculinos, sea en el cine, en la filosofía, o la literatura. Ahora los hombres aprendemos a vernos reflejados en las voces femeninas. Las mujeres no solo hablan en nombre de las mujeres (eso sería machista), si los hombres pueden hablar de la condición humana, entonces las mujeres también.

P. ¿Cómo llevar la sensación de temblor a la sala o cocina del lector? Hablemos de la riqueza de los detalles. Usted pone mucha atención al mundo físico...

R.

Sí, es cierto. No sé muy bien por qué lo hice, pero es verdad que hay mucha tensión en las cosas. Tal vez tiene que ver con la carga de ideas. Intenté que la novela con cayera en la abstracción, que no operara desde el vacío sino desde el cuerpo. Cuanto más reflexiva se ponía, más me preocupaba por las mesas, los pies, los vasos que se caen y se rompen. Hay un zoom en los objetos pequeños y en las sensaciones físicas. Eso me lleva al ‘kintsugi’, que como antigua artesanía japonesa propone un modo de reparar los objetos que no olvidan que alguna vez se rompieron. Me conmueve lo fácil que es que se rompan las cosas. El mundo está lleno de una increíble fragilidad y al tiempo de una fascinante capacidad de supervivencia.

P. ¿Qué tanta influencia de literatura japonesa hay en ‘Fractura’?

R.

Al ser una novela mestiza, las influencias vienen de muchos lugares. Pero si hablamos solo de la literatura asiática, entonces me interesaba la poesía zen, la literatura clásica, la testimonial de los supervivientes atómicos, las memorias del doctor Takashi Nagai y el cine de Hirokazu Koreeda.

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