La barba vuelve a una Cuba sin revolución

El espeso vello facial masculino, otrora símbolo de una isla rebelde, beligerante y libre ya no tiene esencia castrista. Este jueves, cuando no les hace falta la doble hoja, lucen su barba por comodidad y moda. 

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Algunos cubanos prefieren dejarse el vello corto, el motivo principal es el calor que hace en la isla. AFP
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El espeso vello facial masculino, otrora símbolo de una isla rebelde, beligerante y libre ya no tiene esencia castrista. Este jueves, cuando no les hace falta la doble hoja, lucen su barba por comodidad y moda. 

Cada vez más jóvenes cubanos se dejan la barba por una tendencia internacional que llegó tardíamente a la isla sin motivaciones políticas, 60 años después de que Fidel Castro y sus rebeldes “barbudos” impactaran al mundo con su revolución.

En el gobierno que preside Miguel Díaz-Canel desde hace poco más de un año, la única barba histórica que queda es la del Comandante de la Revolución Ramiro Valdés (87 años), uno de los vicepresidentes. Ahora, las barbas en las calles de La Habana tienen que ver más con moda y estilo.

“Últimamente hay bastante gente, sobre todo jóvenes, que se están dejando la tendencia de la barba (...) hay quien se la deja más larguita, hay quien se la rebaja más”, dice David González, un barbero de 31 años, en su local ubicado en el centro de la ciudad.

“Creo que (la moda) llegó de afuera... y después, poco a poco, se fue empezando a usar aquí en Cuba y muchos jóvenes la llevan ya”, agrega, mientras perfila la barba de un cliente. La mayoría de los nuevos “barbudos” la prefieren corta, por el calor.

En la calle Obispo, en La Habana Vieja, Franco Manso, de 24 años, aprovecha un momento de tranquilidad en su negocio de artesanías para, él mismo, retocarse la barba.

 “Vi que me quedaba más o menos y, como está de moda, me la dejé”, cuenta.

“Significa muchas cosas”

“Mi barba significa muchas cosas para mi país”, dijo Castro a una cadena estadounidense poco después del triunfo de la revolución en 1959. “Cuando hayamos cumplido nuestra promesa de un buen gobierno, me afeitaré la barba”, agregó.

Hasta su muerte en 2016, los cubanos se pasaban la mano por el mentón, gesto que los relevaba de pronunciar en público el nombre del gobernante.

El simbolismo de su barba era tal que, de acuerdo a los informes desclasificados de la CIA, en los años 60 hubo un plan de Estados Unidos para colocar un agente depilador en los zapatos de Fidel para que él lo inhalara y su vello facial se cayera. El ataque nunca se concretó.

Ese simbolismo se ha ido borrando, aunque los jóvenes caminan por el país entre profusas imágenes de Castro y de los también fallecidos Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, las tres icónicas barbas de la revolución.

Hay también barbas de la buena fortuna, como la de la estatua de bronce del “Caballero de París”, dorada brillante, pulida de tanta mano de turista europeo buscando la buena suerte que se le atribuye. Para una foto con él, los visitantes hacen fila en la Plaza San Francisco de La Habana.

Alain Gil, barbado joven de 23 años y trabajador del Instituto de Cine (ICAIC), ignora las corrientes internacionales al respecto y achaca las nuevas barbas cubanas a que “se usa” y “es cómodo”.

“Un día no quise afeitarme más y me la dejé, empezó a crecerme y me gustó”, dice Gil.

A falta de cuchillas

Tener barba en las primeras décadas de la revolución muchas veces tenía otra vertiente más pragmática y utilitaria: la falta de hojas de afeitar de doble filo.

Los cubanos de 1959 usaban las estadounidenses Gillette, pero “cuando comenzó el bloqueo en 1962, se complicó todo”, recuerda el periodista Manuel Somoza (74), quien narra vivencias de aquellos años en su libro Crónica desde las entrañas.

“Se incrementó el uso de la barba no sólo por esa connotación patriótica o anecdótica, sino por una necesidad práctica, que las cuchillas (que llegaban) eran muy malas y afeitarse era un dolor de cabeza”, dice a la AFP con su aspecto siempre rasurado.

Cuba contrapuso la ausencia de las “imperialistas” Gillette, con unas muy “patrióticas” fabricadas por encargo expreso en Checoslovaquia, con la marca Venceremos en su envoltura, seguida de un “Patria o Muerte”, la más fuerte consigna revolucionaria.

Los soviéticos socorrieron a la isla con su cuchilla Sputnik, recuerda Somoza. Después siguieron la checa Astra y otra soviética, Neva, que el humor popular bautizó como “lágrimas de hombre”.

Los parientes emigrados también ayudaban. “Estos familiares mandaban pegaditas en las cartas (...) una, dos, tres, cuatro Gillette”, cuenta Somoza.

No había correo directo y las cartas “recorrían medio mundo para llegar a La Habana y cuando llegaban era una fiesta”, explica.

Tampoco había crema ni loción de afeitar. Era con brocha y jabón, que se vendían por la libreta o cartilla de racionamiento, al igual que las cuchillas.

Tras la desaparición de la URSS en 1990, Cuba cayó en una fuerte crisis económica y comenzó otra etapa más dura aún para el afeitado, hasta 1993, cuando Castro despenalizó el uso del dólar, llegaron las tiendas en divisas y las hojas de afeitar modernas.

La mayoría de los cubanos accede a las baratas máquinas desechables, pues ningún bolsillo parece dispuesto a gastar más de 20 dólares en una rasuradora moderna, precio de isla.

“No creo que tenga nada que ver la barba de los jóvenes de hoy con la que usamos nosotros (...) hoy la juventud está más conectada a la moda mundial”, concluye Somoza.

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