Cecilia Porras, la pintora cartagenera del Grupo de Barranquilla

El Museo de Arte Moderno de Cartagena inaugurará mañana una gran exposición de obras de la artista, bajo la curaduría de Isabel Cristina Ramírez Botero.

Título de la obra: ‘Cecilia y los pájaros’.
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El Museo de Arte Moderno de Cartagena inaugurará mañana una gran exposición de obras de la artista, bajo la curaduría de Isabel Cristina Ramírez Botero.

Supimos por primera vez de Cecilia Porras al ver los dibujos que ella hizo en 1954 para el libro de cuentos de Álvaro Cepeda Samudio, Todos estábamos a la espera. En sus memorias, Gabriel García Márquez la cita así: “La pintora Cecilia Porras, siempre fiel al grupo, los ilustró con unos cuantos dibujos inspirados que eran una radiografía de Álvaro vestido de todo lo que podía ser al mismo tiempo: chofer de camión, payaso de feria, poeta loco, estudiante de Columbia o cualquier otro oficio, menos de hombre común y corriente”. 

En El Espectador del 15 de agosto de 1954 García Márquez escribió que Cecilia Porras “parece haber desentrañado a cada cuento su recóndita esencia autobiográfica”.

Un año después la cartagenera hizo la ilustración que sirvió para la portada de la primera edición de La hojarasca, la novela inaugural del futuro premio Nobel. “Cecilia Pintó una portada novedosa (…) con base en mi descripción del personaje del niño”, añade en Vivir para contarla.

La exposición del Museo de Arte Moderno de Cartagena permitirá apreciar la luminosa y poética obra de esta pintora, considerada pionera en las artes plásticas de la costa atlántica, y de Colombia, más allá de sus vínculos con el Grupo de Barranquilla y el prestigio que le depararon las ilustraciones que hizo para los libros citados.

La profesora Ramírez Botero y el escritor y crítico de arte Álvaro Medina han estudiado la obra y reconstruido la vida de Cecilia Porras, rebelde e iconoclasta, nacida en 1920 —año en que nacieron también Enrique Grau y Alejandro Obregón— en el seno de una familia cartagenera conservadora   “aristocrática” cuyo patriarca era el historiador Gabriel Porras Troconis, un hombre reacio al arte moderno. 

Cecilia comenzó a dibujar y pintar desde muy joven, de manera autodidacta, y en 1945, con 25 años, participó en el Primer Salón de Artistas Costeños, organizado en Barranquilla por Bernardo Restrepo Maya y Germán Vargas. Era la única mujer que participaba en ese salón y desde entonces quedó ligada a los artistas y escritores del Grupo de Barranquilla. En el concurso de 1953 ganó el segundo premio con el autorretrato titulado La blusa roja.

Cecilia Porras (Cartagena 1920-1971).
Cecilia Porras (Cartagena 1920-1971). Cortesía

“Cecilia Porras es una de las pocas mujeres de la generación de artistas plásticos caribeños de mediados de siglo. La inserción de la mujer y la definición de nuevos roles es el elemento determinante en los procesos de modernización del país”, escribió la profesora Ramírez Botero en su artículo Un hito de ruptura en las artes plásticas en Cartagena a mediados del siglo XX.

Teresa Manotas, quien era otra joven intelectual, apasionada por el cine, la literatura y la arqueología, más conocida como Tita Cepeda desde que se casó en 1954 con Álvaro Cepeda Samudio, recuerda aún con emoción todo lo que le aportó Cecilia Porras, de quien se hizo muy amiga.

“Algo que me impresionó siempre en Cecilia era que su espiritualidad iba como por delante de ella. Nunca sentí algo parecido con otras personas. Te hablaba sin hablar. Con sus profundos silencios y su actitud me transmitió la importancia que tenía para una mujer el ser independiente. Las dos veces que intenté independizarme y no seguir viviendo en casa de mi suegra ella me acompañó a mudarme. Nos fuimos a vivir a La Perla. Yo le tenía mucha fe y mucho cariño”, cuenta Tita Cepeda.

A mediados del siglo XX era muy poca la profesionalización de los artistas colombianos. Cecilia Porras declaró alguna vez que “creía ingenuamente que la pintura tenía que ser imitación fiel de la naturaleza y que a un artista le estaba prohibido alterarla o interpretarla según su manera de sentir”.

La joven artista se sentía descontenta con los cuadros que pintaba. Nunca había tenido maestros. El medio en que se movía en Cartagena le quedaba estrecho y le era “casi hostil”, empujándola a liberarse de “prejuicios absurdos”. Sentía “una gran angustia interior”, pero por desconocer la técnica y los secretos del oficio de pintar no lograba que “lo personal, el sentimiento y la idea” salieran de ella para plasmarse en los lienzos. 

Por eso en 1948 decidió salir de Cartagena y viajar a Bogotá en busca de nuevos horizontes, inscribiéndose en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, que dirigía en ese entonces su amigo Alejandro Obregón. Enrique Grau también le sirvió de maestro.

Su paleta se hizo “más clara y luminosa” y Cecilia Porras evolucionó entonces, como lo señala Álvaro Medina, “hacia un lenguaje más contemporáneo, cumpliendo un proceso que fue similar y simultáneo a los de la pereirana Lucy Tejada y la bogotana Judith Márquez, constituyendo las tres el grupo más destacado de la generación que surgía”.

Autoretrato de Cecilia Porras, 1952.
Autoretrato de Cecilia Porras, 1952.

Volvió entonces a enfrentarse a los paisajes de su tierra natal para trabajar mejor esa luminosidad “que da a las cosas el sol ardiente de la costa”. Al leer los comentarios que ella misma hace de su trabajo sentimos que es la escritura de alguien que ha leído mucha poesía.

“Me entregué a pintar flores alegres, frutos maduros y cristales transparentes; los pintaba con alegría, y segura de mí misma; habiendo perdido ya el miedo de pintar jugaba desprevenida con la luz y el color y así logré una pincelada más suelta y más segura”, escribió en 1950 para presentar una exposición suya en Medellín. 

Álvaro Medina, en su ensayo Poéticas visuales del Caribe colombiano, destaca “el dominio técnico combinado con la versatilidad visual” que alcanzó Cecilia Porras, cualidades que “solo Guillermo Wiedemann, Alejandro Obregón y Lucy Tejada podían exhibir en la segunda mitad de los años cincuenta”.

La generosidad de sus colores, sobre todo el azul marino y el salmón de los soles, sus formas de influencia vegetal, sus visiones místicas con ángeles, sus autorretratos con los ojos ciegos, su manera de plasmar archiconocidos monumentos cartageneros – el Castillo de San Felipe y la Torre del Reloj—la hacen cercana y entrañable.

La crítica argentina Marta Traba, el pintor Juan Antonio Roda y el escritor Héctor Rojas Herazo escribieron textos elogiosos sobre la pintura de la cartagenera.

“Su pintura no persigue la anécdota sino la sugerencia poética, la indagación misteriosa, el hallazgo del sueño. Todos sus lienzos, desde los arlequines y los bodegones, pasando por los autorretratos, están circuidos por lo onírico”, dice Rojas Herazo, quien hace alusión a los “disturbios emocionales de la artista” y a “la angustia de su peregrinaje”.

Quienes deseen ver cómo era ella (y con cuanta sensualidad se movía) pueden encontrar en internet la película “La langosta azul”, filmada por Alvaro Cepeda Samudio en 1954, en la que hace el papel de “la hembra”, al lado del gringo interpretado por el fotógrafo Nereo López.

Cecilia Porras murió en 1971, a los 51 años, en su casa del barrio Manga de Cartagena. La exposición que le consagra el Museo de Arte Moderno de su ciudad, que posee por lo menos ocho cuadros de ella, será para las nuevas generaciones la oportunidad de visualizar ese universo compartido de alguna forma por el genio de Macondo y todos sus amigos.

Paisaje, 1958. Óleo sobre lienzo.
Paisaje, 1958. Óleo sobre lienzo.

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