El Heraldo
Opinión

Lo que mis ojos ven

Las razones son múltiples para vivir en Barranquilla, para alegrarse con sus alegrías y contribuir con sus luchas.

En el preciso instante en el que entre en el lugar, todo cambió.  Mi relación con el espacio fue grata, de forma inmediata sentí la misma paz que siente el hombre que vuelve a la vida, o tal vez, la que siente aquel hombre que de ella se despide en consciencia absoluta.

Gracias a Dios y a los doctores de la clínica Porto Azul, esa vez no fue.

Hace un año sufrí un infarto agudo al miocardio por taponamiento extremo de la arteria principal del corazón, llamada coloquialmente “la arteria de las viudas.”

Por su ubicación y características nadie entendió por qué el diagnóstico no fue “fulminante”.

Desde entonces vivo en una ciudad de luz blanca y cálida, acompasada, con vientos frescos y aires nuevos, con memoria de su historia y claridad de su mañana.

Conozco más de 49 parques de los cientos que existen y, aunque todos lucen similares por su estructura y estética, su conformación es diferente pues, sus vecinos tuvieron la fortuna de participar en su diseño y hacerlos a su medida. En todos vi algo en común, seres con la posibilidad de un mundo muevo, contándose entre ellos otras historias, ejercitando su espíritu, permutando dolor por alegría y oscuridad por brillo.

Encuentro una ciudad con ojos verdes, pensando en sus manglares y en sus aguas, retomando para sus habitantes los atardeceres perdidos. Alentando al mundo para que conozca sus aves como lo hace Ramón, un chico de 25 años que conoce a la perfección las 155 espacies que habitan en la ciénaga de Mallorquín.

Descubro seres fantásticos con el sentido del orgullo intacto, hombres y mujeres con gratitud y energía desbordantes brindando a sus oficios toda su capacidad entrega, apreciando y dignificando su trabajo, la mayoría de ellos sin saber que su ciudad tiene el menor índice de desempleo en el país, pero aun así, honrando esa máxima, como la honra Tatiana, la primera mujer en manejar un bus articulado del servicio público, quien desde las 3 a.m. se prepara para encender el sol y amanecer con sus “ángeles” como llama a sus pasajeros.

Vivo y pruebo la alegría y la mística al lado de Willington, otro adoptado por esta tierra, que desde su puesto del mercado nutre y alimenta a cientos de personas y sueña con el espacio emblemático que será pronto su lugar de trabajo.

Aprendo y disfruto del arte y la cultura de las manos Yino, hacedor de esculturas y reflexiones monumentales.

Le canto al rio y vibro con los sueños de los otros, como lo hace Ismael,  quien recibe a diario, con las manos gigantes de su grúa, miles de ellos en el puerto más bello de  Colombia.

Me corto el pelo en la peluquería de Lourdes porque me llena de entusiasmo oír sus historias.

Me contagié de la vida de una ciudad que crece, que invita, que abre sus brazos sin mezquindad al foráneo, que aprecia la multiculturalidad, que llama al conocimiento y a la inversión y al futuro.

Me impregné de la fuerza invencible de una ciudad que salió adelante en el  momento más difícil, cuando la Covid–19 parecía no tener compasión, y sin embargo, demostró como su sistema de salud reaccionó de manera eficiente y competitiva haciéndose  más robusto que nunca.

Las razones son múltiples para vivir en Barranquilla, para alegrarse con sus alegrías y contribuir con sus luchas. Yo le debo la vida, pero no hay que debérsela para enamorarse de ella y acompañarla en el viaje próspero hacia el mañana, el que no tiene vuelta, el mismo que en comunión sus habitantes, dirigentes, empresarios y visitantes construyen con esfuerzo día a día para legitimar porqué el mundo tiene los ojos puestos aquí.

Cada vez que pueda, tomaré la iniciativa para proponer ventanas y parlantes a relatos amables, positivos, e inspiradores, los cuales y, en mi opinión a este territorio, le sobran, por lo menos es lo que mis ojos ven.

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