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Opinión

Cultura de la desobediencia

Los augurios, presagios y, en especial, la denominada “malicia indígena”, que se atribuye a nuestros antepasados, han estado permanentemente en nuestra idiosincrasia colombiana durante siglos, y tal vez por esto somos uno de los países más desobedientes del mundo.

La obediencia constituye un tema de carácter cultural, pero se desborda en desacato con el nombre de desobediencia o, como lo llamaría yo, problema heredado. Esto queda demostrado, solo por citar un ejemplo, con las reuniones clandestinas que la fuerza pública ha tenido que desmantelar en distintas zonas del país, ya que se encuentran prohibidas a raíz de la actual pandemia mundial. De hecho, es tanta la anarquía que se ha visto en diferentes regiones que las autoridades han tenido que apretar la norma. Por ejemplo, en una ciudad capital como Cali, Valle Del Cauca se decretó, la semana pasada, confinamiento total con ley seca para restablecer el orden, al menos un poco.

Jean-Jacques Rousseau, filósofo, pedagogo y escritor suizo, expuso en su obra conocida como “El Contrato Social” que “El hombre es bueno por naturaleza, no obstante es la sociedad quien lo corrompe”, ya que al nacer ignoramos los conceptos del bien y del mal y es nuestro entorno el que lo determina, por consiguiente debemos evitar la herencia de las malas prácticas, al menos con nuestros seres queridos.

Entonces, si la desobediencia es una herencia, nace como una enseñanza bifurcada en los hogares de generaciones anteriores. Infortunadamente, continuamos en una dinámica que no aporta lo suficiente para el bien común de una nación. En comparación a otros países desarrollados, el colombiano, generalmente, no acostumbra a respetar las normas, como decían los abuelos “pasársela por la galleta" y eso que ha creado una cantidad innumerable de estas, sin embargo parecen no funcionar como debiera ser. Triste decir que se ha hecho popular también eso de “hecha la ley, hecha la trampa”.

Otro aspecto a tener en cuenta, es la situación que actualmente padecen los niños, los menores de seis años, quienes no pueden salir a los parques a disfrutar del aire libre y sentir el contacto con la naturaleza, así sea poco, especialmente cuando se habita en una selva de cemento. También es impreciso que los pequeños transiten en grupos separados, especialmente en la primera infancia, edad en la cual deben comenzar a experimentar la vida en sociedad.

Por lo tanto, es vital que los padres y los cuidadores de los niños - mayores de 6 años - que sí pueden disfrutar de la intemperie, estén aptos para caminar junto a ellos, vigilarlos constantemente y sobre todo, enseñarles a obedecer, sin hacer trampa, sin decir mentiras, escuchando especialmente la voz de la experiencia, los mayores. Si bien es cierto que somos un país desobediente por naturaleza, donde abundan " los que se creen los más vivos” es importante dar el paso de la transformación, que al interior de nuestros hogares los padres también se amarren bien la correa y se incremente el tono de exigencia en la norma básica casera frente a la educación de nuestros hijos y así crear ambientes más propicios para garantizar e inspirar a nuestras futuras generaciones a que cada día sean mejores y mediante el ejemplo construir un país obediente que pueda ser modelo para los demás.

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