El titulo es:Vanidad de vanidades

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Columnas de opinión
Actualizado hace 5 meses

Vanidad de vanidades

Decía Woody Allen que las palabras más bellas del idioma no son “¡Te quiero!”, sino “¡Es benigno!”. Solo le faltó añadir que las más inquietantes son “Léete y dame tu opinión sincera sobre esta obra mía”. Por eso alegaba el doctor Johnson, rector de la literatura británica del siglo XVIII, que “nadie tiene derecho a someter a otro a dificultad semejante”. Si le dices la verdad, lo hieres. Si le mientes, hieres a tu propia conciencia. Y, para colmo, tienes que leerte todos esos papeles.

Los peores son los poetas. Todos son el mejor del mundo. Y, cuando se te presentan con su manojo de papeles temblorosos, en realidad no quieren que los leas, sino que confirmes su grandeza. Si no, es pura envidia tuya. Don Casmurro, el célebre personaje de Machado de Assis, se ganó la enemistad de un vecino porque este, en un tren, comenzó a recitarles sus versos y él mientras tanto se pegó unas cabezaditas. A la cuarta vez “fue suficiente para que interrumpiera la lectura y pusiera los versos en el bolso. 

—Continúe —le dije yo despertando.

—Ya terminé —murmuró él. 

—Son muy bonitos.

Le vi hacer un gesto para sacarlos otra vez del bolso, pero no pasó del gesto, estaba enfadado. Al día siguiente comenzó a decir de mí nombres feos”.

Cuando Flaubert acabó su primera versión de La tentación de San Antonio, convocó a sus amigos para leérsela. “Habían decidido que no se daría ninguna opinión hasta que se hubiera oído la obra en su integridad. A medianoche del cuarto día, Flaubert, tras finalizar su lectura, dio un puñetazo en la mesa y dijo: “¿Y bien?”. Uno de los presentes respondió: “Pensamos que deberías arrojarlo al fuego y no volver a hablar de ello”. Fue un golpe demoledor. Discutieron durante horas, y Flaubert aceptó al fin el veredicto de sus amigos”. Eso sí es temple y gallardía. 

El doctor Johnson se las sabía todas. Boswell, su biógrafo eterno, le envió unos ensayos propios para “que tuviera la bondad de leerlos y seleccionar los mejores”. Pero Johnson le contestó: “No, señor; envíeme solamente los buenos”. Y a una tal Reynolds primero la elevó al cielo: “Queridísima señora, encuentro en estas páginas suyas tal hondura de penetración, tal finura de observación, que Locke o Pascal estarían orgullosos”. Pero luego le dijo la verdad: “Sin embargo, no pueden publicarse en el estado en que actualmente se encuentran. Muchos de los conceptos que maneja no parece que los tenga usted misma demasiado claros”.

Pero Johnson, para quien “el hombre a quien un autor pide su opinión acerca de su obra es sometido a una tortura”, él mismo así también era cruel. Al doctor Birch le envió un escrito suyo para que lo “inspeccione con entera libertad”. Pero he aquí su toque de genio: “El favor que le ruego es que si le desagrada no diga nada”.

Una crítica sincera es la mayor enemiga de la amistad. Mejor di que no puedes, que te duelen los ojos. Pero, si no, entonces miente como un bendito. “Es lo más maravilloso que he leído nunca”. ¿Y la conciencia? Un Padre Nuestro y tres Avemarías.

 

Imagen de jesika.millano

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