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Actualizado hace 2 años

Un influjo peligroso

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Un buen columnista fue despedido del influyente periódico en el que escribía hace cinco años, como consecuencia de un texto en el que cita algunos versículos de la Biblia; una senadora ‘liberal’ propuso una acción popular, pensada desde el dogma evangélico; los jerarcas católicos se movilizaron, en púlpitos y pantallas, mostrando una inflexibilidad predecible; una importante universidad,  perteneciente a la infausta orden del Opus Dei, publicó un informe “científico” en el que se concluye que los homosexuales son unos enfermos. Estos hechos ocurrieron en un corto lapso, a propósito del inminente pronunciamiento de la Corte Constitucional acerca de la adopción de niños y niñas por parte de parejas del mismo sexo.

La proscripción de los homosexuales no es nueva. Quienes se sorprenden por los argumentos religiosos esgrimidos en contra de la adopción igualitaria de menores, son unos soñadores ingenuos que parecen no saber nada sobre el país en el que les tocó vivir, tan lleno de pobrezas intelectuales y de ambigüedades morales. Pero la improcedencia del asombro no significa que se renuncie a la preocupación.

Esta movilización fundamentalista, segregativa e intolerante, es un peligro que no podemos darnos el lujo de ignorar, no porque no haya existido en el pasado, sino porque ahora convive, en franca confrontación, con una postura abiertamente contraria, expresada sin ambages por un sector cada vez más visible de la sociedad, que ya no está sometido a los axiomas irrefutables del Espíritu Santo. Esta clase de desacuerdos, zanjados por la Justicia con la Constitución en una mano y el Deuteronomio en la otra, suelen alimentar el odio, la radicalización y la barbarie. Como los discriminados ya no se esconden en el clóset, como ahora tienen conciencia de sus derechos y hablan duro para defenderlos, la élite católica y, con ellos, los emergentes cristianos evangélicos, conspiran juntos para evitar, a como dé lugar, que la sociedad evolucione hacia una convivencia basada en el respeto por la diferencia.

En la misma página de un diario cualquiera veo, una al lado de la otra, dos noticias del mundo: primero, leo acerca de la influencia religiosa que en Colombia se ejerce sobre una decisión civil, que involucra derechos fundamentales de una minoría; luego, repaso la decapitación de 21 personas en Libia, catalogadas como “infieles” por sus ejecutores, un grupo armado cuyo motor principal es la interpretación acomodaticia de un libro que, suponen, fue dictado, palabra por palabra, por Dios mismo. Advierto las coincidencias de esos dos hechos –en apariencia tan disímiles– y tiemblo.

Óscar Wilde, un homosexual que fue encarcelado, amilanado y vejado por serlo, escribió que “la religión sirve para sustituir elegantemente a la fe”; con profundo pesar (pero sin sorpresa) advierto que, en los tiempos que corren, esa sustitución a la que se refería el genio irlandés ya no es ni siquiera elegante; las creencias religiosas se usan ahora, de las más burdas maneras, para justificar la promoción de la desigualdad, la estigmatización y la intolerancia. Que Dios nos libre de Sí mismo.
Jorgei13@hotmail.com
@desdeelfrio

Imagen de maria.villamil

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