El titulo es:Un cuento para leer antes de pitos

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Actualizado hace 1 años

Un cuento para leer antes de pitos

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Breve relato indicado para los días previos a la llegada del año nuevo.

El taxi se detuvo a la señal que le hice con el brazo, pero enseguida me di cuenta de que venía ocupado. Sin embargo, la puerta trasera se abrió y el único pasajero, una mujer con unas grandes gafas de sol, me dijo que ella sólo iba hasta unas pocas cuadras más adelante.

–Dele el nombre al taxista, que él lo viene a recoger enseguida.

Sin tiempo para pensarlo bien, me incliné un poco hacia adelante, dije mi nombre y noté que el taxista, que ya me estaba mirando, la cabeza vuelta hacia atrás, hizo un gesto de aprobación con ésta. La mujer cerró la puerta y el vehículo se puso en marcha de nuevo.

Entonces fue cuando ocurrió: con la mayor naturalidad, quiero decir, sin ninguna transición brusca. He aquí que de pronto iba yo a bordo de aquel taxi, sentado en el asiento trasero, a la derecha de la mujer, quien acababa de entablarme conversación. Me hablaba de dos de las personas que había visto en el local delante del cual un momento antes yo le había hecho señal al taxi de que se detuviera.

–Las conozco: una es mi mamá; el otro fue novio mío hace algunos años.

–¿De verdad?

Lo dije con tono de sorpresa, pues me pareció extraño que no les hubiera dirigido ningún saludo.

La mujer empezó a hablarme de su novio. Entre tanto, noté que el taxi avanzaba a gran velocidad y que no daba la menor muestra de estar próximo a su destino. Empecé a desconcertarme porque la mujer incluso ya hablaba como quien se ha instalado en una larga charla y el taxista manejaba con la fluida resolución de quien es consciente de que todavía tiene mucho camino que recorrer, devorando con ímpetu una cuadra tras otra.

No sé cómo, pero, de pie en la acera donde me había quedado esperando, yo noté tal situación, aunque ya no veía el taxi, y por eso empecé a impacientarme. “Ese taxi se va a demorar, carajo”, mascullé, consultando mi reloj de pulsera. Miré en la dirección contraria a la que había tomado a ver si aparecía por ese lado. Nada. Me moví de un lado a otro en la acera, en un espacio reducido. Miré al hombre y a la mujer que ocupaban una de las dos únicas mesas pequeñas que había en la terraza de la tienda de comestibles delante de la cual me hallaba. Bebían sendas gaseosas y conversaban, indiferentes. Con ansiedad, dirigí otra vez la atención hacia el tráfico de la calle.

A todas estas, a bordo del taxi, sin reparar apenas en el parloteo de la mujer de las gafas de sol, yo sabía que allá, en la acera sur de Cuartel a pocos pasos de la calle 65, yo no sería capaz de tomar otro taxi, lo que parecía ser la decisión más aconsejable, dado que éste en que iba no tenía en definitiva intención alguna de regresar a recogerme, como habíamos convenido. Me conocía a mí mismo lo suficiente, sí, para estar seguro de que, como ya me había comprometido a esperar este taxi, no me atrevería a tomar otro sólo por no faltar a lo acordado.

El impasse en que me hallaba era evidente. El taxi corría a toda máquina con destino desconocido y yo no podía ni siquiera decir nada, no sólo porque el monólogo de la mujer de las gafas de sol parecía invulnerable a cualquier intento de interrupción, sino porque la angustia me tenía ya cerrada la garganta. Por otra parte, o en otra parte, allá en la avenida Cuartel, aunque mi impaciencia se descomponía en ira, mis rigurosos escrúpulos desechaban por completo la posibilidad de coger otro vehículo de alquiler.

De modo que, movilizándome en un taxi que parecía querer agotar los rumbos de la ciudad y, al mismo tiempo, esperándolo sin esperanza en un punto quieto de ella, comprendí entonces que yo no iría jamás a ninguna parte.

Imagen de cheyenn.lujan

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