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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

También me asomo

La vida se decanta en las ciudades. 

No es que no tengamos identidad regional o nacional, pero apenas actuamos con la una cuando juega el equipo del alma o, como la otra, cuando perseguimos la sonrisa blanca de una atleta de piernas largas.

Del resto lo que somos es: barranquilleros, bogotanos o cartageneros.

Las ciudades, por tanto, tienen que ensalzar siempre el espíritu. Y lo pueden hacer con la modernidad, como París con la torre Eiffel; la libertad, que levanta Nueva York con la estatua que le regalaron los franceses, o el amor, hecho eterno en Agra, gracias al bello mausoleo que un emperador musulmán construyó para el reposo de su princesa amada.

¡Al primero que tiene que convencer el marketing de las ciudades, es al propio ciudadano!

A Barranquilla siempre la vimos como pionera del desarrollo nacional. Lo que dice la literatura es que por aquí entró el avance del país, a principios del siglo XX. 

Aquellos eran tiempos de globalización emergente. 

Las guerras del mundo expulsaron a miles de ciudadanos que, entonces, se dejaban llevar por los vapores de cualquier barco a destinos impensables. Después de unos días, abrían los ojos en Puerto Colombia.

De los viejos piróscafos desembarcaban las ilusiones foráneas  y también las innovaciones que habrían de darnos un primer renombre: el de Puerta de oro de Colombia.

Los porteños de la época vieron desfilar los primeros automotores de Colombia, las bombas de los acueductos que harían potable el agua, las plantas que alumbrarían casas, los telégrafos que acortarían distancias.

Barranquilla era la ventana por la que el país se asomaba al mundo y, al mismo tiempo, la rendija por la que muchos dejaban ir sus quimeras.

Esa sensación estaba en el corazón de los barranquilleros. La insuflaban los profesores de colegio, los libros de historia y las remembranzas de los diarios.

Los hijos de esta tierra crecieron con la idea de haber nacido en una ciudad importante. 

Pero faltaba algo que lo mostrara. El símbolo. Un ícono fácilmente reconocible y diferenciable que, de una, generara asociación. Un sello que dejara en la mirada esencias indiscutibles. Una marca que nos hablara con abundancia así usara solamente sus destellos. 

Y llegó por cuenta de la empresa Tecnoglass.

Lo que se ve en el lugar donde empiezan a juntarse la vía 40 y la Circunvalar, es un monumento artístico casi 50 metros –el más alto del país- que representa los colores que le quitaban las arrugas del alma a aquellos viajeros y le ponían el halo de progreso a los nacionales que destapaban los guacales. De ahí la batalla de flores de sus tonos.

Es un espejo, también, para ponderar las relaciones de gobierno y empresa privada que fueron responsables, históricamente, de los ascensos de la ciudad. 

Por donde se le mire, pues, esta es la gran claraboya que esperaba la memoria, que es, a su vez, lumbrera de la identidad. 

albertomartinezmonterrosa@gmail.com 
@AlbertoMtinezM

Imagen de jesika.millano

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