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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 años

#Soy una ballena

A quienes por asuntos del azar nos correspondió vivir en estos tiempos de apogeo mediático, nos tocó ver cómo la televisión, a través de los reality shows, introdujo el formato en el cual las personas interactúan frente a las cámaras teniendo como objetivo alcanzar una meta que ofrece un premio gordo. Mientras la teleaudiencia fue cautivada por la vida personal de los participantes suponiendo una comprensión de sus actuaciones, pensamientos y sentimientos, los realities capitalizaron esa vocación a sortear la dificultad inherente al ser humano, vocación que, además de constituirse en motivación, al superarla se traduce en placer. Los retos, sean una exigencia personal o respuesta a una exigencia ajena, conllevan desafíos que crean expectativas; vencer las dificultades produce satisfacción y está asociado a la idea de un sujeto exitoso, por tanto, superar complejos trances ha hecho de los participantes en tales programas una especie de héroes y heroínas de la actualidad. Para los años 70 ya el género comenzaba a popularizarse y pronto el término reto, esa “provocación o citación al duelo o desafío”, adquirió un gran protagonismo que fue aprovechado por la industria de la televisión, de manera que, para cuando aparecieron en escena las redes sociales, el terreno ya estaba abonado: había millones de jóvenes con problemas de autoestima dispuestos a ser valorados involucrándose en esos retos que, una vez viralizados, los sacan del anonimato. 

Fue así como, ‘Harlem Shake’, ‘Ice Bucket Challenge’ y ‘Mannequin Challenge’ se instalaron en la red como desafíos –fundamentales durante la etapa temprana del crecimiento humano en que superarlos contribuye a reafirmar identidad– que precedieron a otro más oscuro llamado ‘La pose de la muerte’ (principios de 2017), cuyo objetivo era fingir, mediante una imagen, una muerte ocurrida violentamente. Era de esperarse que esa necesidad humana de avanzar con incertidumbre hacia nuevos objetivos que entrañen mayores emociones, pronto desembocaría en una búsqueda más audaz. Y quizá esa urgencia de autonomía que exige al adolescente depositar en un grupo ajeno al clan familiar la disciplina y preparación que debe ser provista por la familia, fue la causa de acabar siendo encaminados a confundir un desafío con un riesgo y resultar involucrados en un juego tan peligroso como ‘La ballena azul’. Ahora el mundo está perplejo ante la propagación de este adefesio ciberespacial que enfocado a los adolescentes –muchos de ellos altamente vulnerables– propone el cumplimiento de cincuenta retos de diversa índole que conducen al suicidio del jugador. Horrorizante. Y puesto que hay en los jóvenes una urgencia de ser reconocidos y valorados, ahora el reto es para los padres que, además de supervisar el manejo de las redes, deben promover desafíos en un contexto familiar y, sobre todo, apreciar los logros obtenidos en ellos. Un reto bien peliagudo.  

berthicaramos@gmail.com

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