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Para los cambios biológicos no existen los días puntuales. Como en todo proceso de transformación, ellos ocurren de manera sigilosa provocando admiración cuando se hacen perceptibles. No hay un día determinado para el final de la infancia o un momento riguroso para entrar a la vejez. No hay un día en que las patas de gallina se dibujen fatalmente alrededor en unos ojos juveniles, ni una noche matemática en que la inmovilidad asalte las coyunturas. No existe la hora precisa para ingresar al universo de los calvos, ni el inclemente minuto en que una comba antiestética se desliza sobre el vientre. No existe un feliz segundo en que despierten los deseos, ni un instante desdichado en el que se desvanezcan. Todo sucede todos los días, horas, minutos y segundos, y es improbable que se pueda comprender cuándo y cómo sobreviene hasta que llega el contundente santiamén en que se sabe que es un hecho irreversible. No existen los días puntuales para los cambios biológicos como existen infalibles para la vida y la muerte o, factibles, para la guerra y la paz. Sin embargo, en el trecho que separa la guerra de la paz, o viceversa, prevalece un estado de confusión que dificulta evaluar con lucidez lo que acontece.

En el largo proceso de enfrentamiento con los movimientos insurgentes colombianos ha sido mucho lo vivido y lo sufrido, lo concertado y lo violado, lo expuesto y lo reservado; son muchos los que han dejado huellas significativas en el vago y prolongado derrotero hacia la paz en el que, siendo objetivos, la llegada al poder de Álvaro Uribe en 2002 jugó un papel definitivo para acercarnos al punto en que estamos hoy. Quizá en aquellos tiempos que no queremos revivir no había más alternativa que enfrentar a las guerrillas militarmente y resultaba inaceptable que un subversivo quisiera reincorporarse a la vida civil de una nación que, con razón, lo condenaba abiertamente. Pero la historia ha demostrado que una paz estable y justa no se logra con la furiosa represión a los rebeldes o con su exclusión perpetua del seno de la sociedad, y en medio del pesimismo que por años ha imperado, la paz se fue abriendo paso de manera sigilosa, como en cualquier proceso de transformación. Es verdad que ha sido un hueso muy difícil de roer, y que aún nos queda por delante el resto del costillar, no obstante, el testimonio de los reinsertados que hoy demandan perdón y reivindicación es una muestra de que, además de ser factible, y a pesar de los embates de un corrillo intransigente, la paz se ha abierto un camino que conduce a un día preciso. “Hemos pagado altos precios por la guerra, debemos estar dispuestos a pagar un precio por la paz. Somos más fuertes y mejores de lo que casi siempre hemos creído. Es tiempo de madurar. Tiempo de comprender. Tiempo de dejar atrás los atajos de la violencia y la trampa”. Concuerdo con la visión de Antanas Mockus.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de adriana.puentes

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