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Actualizado hace 1 años

Sí, ¡acepto!

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Te leo

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Cuando en aras de crear la sociedad más complicada que hacemos los humanos –el matrimonio– se pronuncian estas palbras, en ellas están implícitos sacrificios y renuncias. Pese a todo, aceptamos. Ya lo han dicho, los humanos no sabemos qué queremos, sabemos lo que nos gusta. El deseo se extravía ante un mandato que nos lleva a anteponer sentimientos a razones, y es así, con cierta ceguera, como asumimos los retos.

Hace años, cuando el mayor de mis hijos fue uno de los mejores bachilleres de Colombia, recibió una carta del despacho del recién electo presidente Álvaro Uribe. Lo felicitaba, le deseaba éxitos y un futuro promisorio en el país que él proponía manejar con “mano firme y corazón grande”.

Era la Colombia que la guerrilla había sitiado, y los colombianos un redil que, descarriado, clamaba por un pastor; de manera que, su lema, que sugería poner ley en un país que por sus niveles de corrupción y desigualdad social había engendrado y engordado ese adefesio revolucionario, despertó toda suerte de esperanzas. Así fue como ingresamos a un capítulo al que la historia dará su carácter justo, sin sospechar que Colombia haría en el gobierno Uribe un giro todavía más sorprendente. Más violento, más perverso. Si bien muchos colombianos aún lo ven como el héroe que cortó algunas de las cabezas de la hidra, la vida nos presentaba diariamente horrores inimaginables; tuvimos que delimitar territorios irreales y exclusivos para sobrevivir a tanta bellaquería.

Hicimos lo que pudimos, cada cual en su mundito. Movidos por sentimientos –los humanos no sabemos qué queremos, sabemos lo que nos gusta– emprendimos el fatal desplazamiento hacia la polarización en tanto cada persona declaraba sus preferencias. Los paramilitares se infiltraron tanto en plazas de mercado como en altas esferas de gobierno y Colombia se acostumbró a vivir en confusión, a la violación de derechos humanos, a las interceptaciones ilegales, la parapolítica y las terribles ejecuciones extrajudiciales.

También durante ese tiempo nuestro hijo se fue en busca de mejores horizontes, y, poco tiempo después, se marchó nuestra chiquilla soñadora; como tantos otros padres, tuvimos que despedirlos. Ambicionaban encontrar una sociedad más justa y más benévola donde cumplir las emocionantes metas que se tienen cuando la vida despunta. Uribe acabó el mandato más largo que hasta entonces había tenido un presidente sin resolver un carajo; y, como si fuera poco, nos dejó instalado a un Santos calculador y canchero que le salió adelante con la paz.

Y que no digan los que hoy se oponen al Plebiscito para refrendar el acuerdo de paz que su negativa es ajena a uribismos y santismos, porque ese es el meollo del asunto y cada uno votará conforme siente o resiente. En cuanto a mí no tengo dudas: Sí, ¡acepto! me casaré con el Sí. Debo a mis hijos esta tentativa excéntrica por lograr una Colombia en paz. Quizá vuelvan.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de estefaniafajardo

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