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Llegó diciembre

 Pensamos que esto de la pandemia es como el año viejo -ya lo quemamos- y un falso pesebre de anticuerpos nos protege. Si soltamos las medidas, los villancicos serán los cantos de despedida de nuestros familiares.

Las personas que transmiten coronavirus se ven saludables, ese contagio se hace en el período cuando no hay síntomas o las manifestaciones son muy leves: una tosecita o ligero malestar. La alta transmisibilidad de la enfermedad deriva de esta fuente de contagio cuyo origen pasa desapercibida y el huésped es un fantasma. Viene fin de año, en esta época la tradición de las reuniones familiares y grupos de amigos cambiara la relación de la pandemia de la Covid-19. Navidades y Año Nuevo son periodos en donde las nuevas normas de comportamiento se van a flexibilizar y vamos a estar expuestos a los que los duchos en salud pública denominan segunda ola o rebrote. Segunda ola, metáfora heredada del comportamiento de la gripe española en 1918, es cuando la prevalencia y los casos se han disminuido pero el virus sigue latente, “el golero acechando en el hombro”. Luego, hay un aumento exagerado en el número de contagios y en el número de muertes. Se congestionan los hospitales, se agota la reserva de camas-uci y las autoridades se ven obligadas a repetir medidas como el confinamiento obligatorio y el asfixiante cierre de la llave de la economía. En el rebrote se supone que la prevalencia y la curva están controladas, el recurso sanitario preparado, con experiencia. Por esas coyunturas de salud pública se incrementa en forma abrupta el número de contagios.

Uno de los errores comunes es interpretar que el encierro no obligatorio es sinónimo que la pandemia se acabó y podemos relajar nuestras costumbres. Razón tiene la OMS cuando expresa que el confinamiento hizo a los “países pobres más pobres”. Fue una medida eficaz que nos permitió disminuir la velocidad de transmisión del virus, la preparación del personal sanitario y acomodar los sistemas de salud. Ralentizar la cadena de contagios fue su propósito y lo logró. Pero la nueva normalidad, vivir en convivencia con el virus, exige la permanencia de las medidas de los protocolos sanitarios. No podemos borrar de nuestra mente las lecciones que hasta el momento deja la pandemia en Colombia: 1.2 millones de contagiados, 36 mil muertos y entre estos más de 100 médicos. América ha sido el continente donde más trabajadores de la salud la pandemia ha lesionado, 570.000 contagiados y 2.500 muertos. Al árbol de navidad de la vacuna le faltan muchas luces. Ya aceptamos su eficacia en el trabajo de campo, no conocemos la duración de la inmunidad que ofrece, cuantas veces hay que aplicarla y como vamos a garantizar su transporte hasta la población vulnerable.

Sin eufemismos, rebrote o segunda ola son alzas exagerada en los casos nuevos.  Esto no cambia sus consecuencias y prefiero llamarlos segundo impacto. Es el tramacazo que da el virus por segunda vez y causas muy concretas. La primera: las luces de navidad nos encandilan, se relajan los protocolos sanitarios y las medidas de bioseguridad. Las mascarillas las usamos en el mentón y los abrazos reprimidos queremos aflojarlos. Nos pasamos por la faja el distanciamiento físico y el espíritu gregario - alborotado en la navidad- los vinos y buñuelos lo engolosinan. Pensamos que esto de la pandemia es como el año viejo -ya lo quemamos- y un falso pesebre de anticuerpos nos protege. Si soltamos las medidas, los villancicos serán los cantos de despedida de nuestros familiares.

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