El Heraldo

¿Qué celebrar?

Debo decir que me siento barro al escribir esta columna porque este 7 de abril, aniversario de Barranquilla, quisiera celebrar con los que tienen motivos para hacerlo, pero, la verdad sea dicha, me faltan; más bien, tengo una cierta inquietud cargada de ambivalencias que me causan malestar por lo que yo veo en la ciudad. No estoy deprimido, no estoy angustiado, no estoy alucinando, tampoco sigo los consejos shakirescos sobre sordera, ceguera o mudez. Al contrario, lo mío es un grito desesperado desde mi ubicación como hijo adoptivo de esta ciudad, donde he vivido más tiempo que en la que nací. Y como hijo putativo agradecido me siento en el deber de expresar mis emociones sobre esta ciudad que es una cosa en su fachada y otra en sus habitantes.

La ciudad mejora su aspecto arquitectónico a gran velocidad con un consecuente cambio de paisaje en sus calles que resulta asombroso: dejo de pasar un par de meses por una calle y al transitarla de nuevo, ¡oh, sorpresa!, un nuevo edificio la enmarca y me descuadra la imagen que tenía de esa cuadra por la que transité tantas veces con otro paisaje. ¿Se ve bonita la ciudad con tantos edificios modernos? Muy linda, pero eso tiene un precio doble muy costoso, la disminución de las zonas verdes y el aumento potencial del número de vehículos en ese sector, pongan como mínimo un carro por cada dos apartamentos. Y esos edificios se van a poblar y habrá un número elevado de personas que deberá establecer relaciones de convivencia para vivir sin conflictos, algo que sucede en los mejores vecindarios.

Y la ciudad tendrá más personas que deberán establecer un tipo de relaciones que permitan una convivencia civilizada en el macrocosmos de la ciudad. Aquí es donde la puerca tuerce el rabo y yo la jeta porque es el punto que no me deja celebrar. Y no puedo hacerlo porque como ser pensante no puedo fingir demencia y pasar agachado ante una situación que amerita muchos análisis por parte de toda la sociedad barranquillera porque a todos nos incumbe.

A mí no me parece el mejor vividero del mundo una ciudad en la que hay tanto menor deprimido intentando quitarse la vida, o tanto menor abusado, o tanta violencia intrafamiliar, o tanto feminicidio, o tanto matoneo en los colegios, o tanta riña callejera que termina en heridas o en muerte, o tanta delincuencia y fronteras invisibles. Desde mi consultorio y como ciudadano de a pie, tengo una perspectiva dolorosa de la ciudad.

Lo peor es la actitud muchos frente al estado de cosas. Me molesta mucho el poco sentido de pertenencia de una gran mayoría de la población que no sabe cuidar su ciudad, que ve a otro dañando y no dice nada, que se beneficia del desorden para sacar provecho de una situación, que predica pero no cumple, que saca pecho con la bandera y también se limpia los mocos con ella.

No basta con proclamarse barranquillero, a eso le falta elegancia.

haroldomartinez@hotmail.com

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