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Columnas de opinión
Actualizado hace 3 meses

Pujanza

La cosa es así: Cuando las comunidades se oponen o tienen reparos a los megaproyectos económicos son vistos como una caterva atávica que quiere vivir todavía en los tiempos de la flecha, la pluma y el taparrabos. Unos ilusos, ‘menores de edad’ que, influenciados por antropólogos y sociólogos hippies, atrasan las oportunidades de progreso y desarrollo; esa visión idílica y reduccionista del mundo, paraliza obras que serían la oportunidad laboral de muchos colombianos. 

Para hacerle frente a esto se contratan creativos expertos en venderte un vertedero de basura como un exquisito vividero; capaces de diseñarle un logo tierno y evocador a una planta nuclear. Entonces aparecen comerciales y documentales en los que se ve a obreros madrugadores que se alistan felices para trabajar en la obra o juegan eufóricos un partido de futbol en botas de faena; trabajadoras sociales miembros de la fundación que se crea para tal fin, en uniformes corporativos acariciando la cabeza de un niño negro o indígena o saludando a un pescador que se prepara para lanzar su atarraya (conviene que sea en cámara lenta); miembros de la comunidad reforestando con árboles sacados de un vivero; muchas tomas aéreas que muestran la magnitud de la obra y la simbiosis casi estética con el medio ambiente; y un final con un venado corriendo, un chigüiro revolcándose en un pantano, una iguana encaramada a un árbol o una mariposa revoloteando entre flores (ideal si estas imágenes de animales reales terminan, a partir del uso de efectos especiales, convertidas en el logo del proyecto y una voz en off anuncia la empresa con la misma cadencia con la que se promociona un resort en las Antillas menores).

Pero el problema no son los creativos. El verdadero problema es lo que ha sucedido antes de que llegara el equipo de publicistas. El nefasto referente en estos días es Hidroituango, un proyecto que se vendió como la muestra de la gran pujanza antioqueña y la eficiencia de las Empresas Públicas de Medellín –EPM-, pero que además de que amenaza con venirse abajo por problemas técnicos, se sabe que fue construida sobre un cementerio de cadáveres fundado por los grupos armados que previamente barrieron la zona y mataron a cuanto activistas se oponía a su construcción. Luego llegó la obra, a tapar la memoria de muerte y desaparición a punta de cemento y discursos de progreso. 

Ahora parece que dejaron la pujanza a un lado. No se puja cuando algo está a punto de reventar, se invita a rezar. Todo parece indicar que Hidroituango está a punto de colapsar, y el río Cauca amenaza con convertirse en un torrente de agua y lodo que se llevará a su paso a los obreros madrugadores y alegres, a las trabajadoras sociales, a los niños negros e indígenas, al pescador con todo y atarraya, a los que posaron sonrientes reforestando la tierra, y hasta el venado, el chigüiro, la iguana y las mariposas. Esta tragedia anunciada, por supuesto, no da para anunciarse con la misma voz cadenciosa con la que se promociona un resort en el Caribe. 

javierortizcass@yahoo.com

 

Imagen de sandra.carrillo

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