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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Pasar la página

El domingo pasado a eso de las cinco de la tarde, alguien recibió un violento coscorrón. El autor no fue el que todos tienen en mente. El del coscorrón fue el pueblo colombiano con su voto martillo y el golpeado fue Juan Manuel Santos, el gran derrotado de las pasadas elecciones.

Tras un gobierno que gozó de 8 años para desarrollarse, Santos nunca logró conectar con el pueblo, no obstante, sus miles de millones gastados en publicidad gubernamental. Meternos la palabra “paz” por todos los costados durante los últimos años fue desgastante y le quitó color al fin y prostituyó su contenido. Las trabas de Santos fueron de forma y de fondo, pero casi todas inherentes a su forma de ser. Desde su torre de marfil con 2600 metros de arrogancia propagó un estilo cachaco de cuna de oro –como diría un vallenato- lleno de intolerancia hacia el que piensa diferente, lo cual fue paulatinamente aumentando su desprestigio nacional. Porque eso fue lo que quiso: solo aplausos y unamismos sin ganarse el cariño de la gente. De ahí a que ninguno de los candidatos que proponía -en cierta manera- su continuismo lograra pasar a segunda vuelta: si sumamos a Vargas Lleras y De La Calle no llegamos ni al 10% de los sufragios. Así fue de duro el golpe. Los resultados expresaron una voluntad de cambio drástico. Duque, Petro y hasta Fajardo personifican esto: las ganas de pasar la página. 

Las profundas heridas de intransigencia y cinismo que estimuló el santismo, y que ahora llaman polarización, nos han llevado a que Petro esté en segunda vuelta, muy a pesar de su cuestionada administración de Bogotá y el ejemplo del vecino país. Su populismo llega hoy reforzado aprovechándose del desespero de la gente frente a los políticos. El Caribe colombiano ha sido víctima de su eficiente demagogia que aprovecha el desgaste actual de las instituciones, donde las corrupciones son diarias y los avances sociales lentos. No en vano, encabezó la votación en la mayoría de los departamentos de la región. Por supuesto que entiendo a esas personas que tienden a tornarse hacia Petro en grito de desespero y de atención. No es un voto de adhesión, es un voto sanción por parte de una provincia históricamente abandonada, tanto por sus élites locales como capitalinas. Pero necesitamos abrirles los ojos frente al hecho que Petro no es la medicina sino la enfermedad y que Duque es la única opción viable para reducir las brechas y permitir el desarrollo. 

Para esto hay que convencer. ¿Cómo? Encontrando consensos. Una de las premisas para esto podría ser la siguiente: entre 2002-2010 Colombia no retrocedió, en realidad avanzó y todos lo sentimos y la gran favorabilidad de este gobierno fue real y tangible. La pregunta pertinente sería entonces: ¿podría usted decir lo mismo de Bogotá durante el mandato de Petro? Está bien que la memoria pueda ser cortoplacista, pero la mala fe no debería ser a largo plazo.

@QuinteroOlmos

Imagen de jesika.millano
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