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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 meses

Otro viaje a la nostalgia

Escribo unas horas antes de regresar a Barranquilla, la ciudad de mis mayores, la que me terminó de criar, la que por años fue refugio, sensualidad y lisura. Allí viven algunos de mis seres más queridos; por eso trato de visitarlos con alguna frecuencia y confirmar esos afectos que solo son posibles si se dicen, si se miran, si se tocan.

Cuando era niño, era usual que lograra, durante un par de semanas, deshacerme de esa melancolía prematura que cargaba encima solo con sentarme en el bordillo de la esquina y ver pasar a la gente, o con ejercer la feliz tarea de ser el copiloto elegido en el viejo Willys de mi abuelo Cepeda, o con ver el alucinante espectáculo de la cuadra iluminada por las espermas en la madrugada del 8 de diciembre.

Ha pasado tiempo desde entonces. Los edificios colman el paisaje, ya los niños no se bañan en la lluvia, las mecedoras reposan detrás de las puertas cerradas, los automóviles pervierten el recuerdo de las noches de fútbol en la calle; hay que caminar mucho para toparse con alguna mujer vendiendo alegrías o bollos de angelito, con una ponchera en la cabeza; hay que afinar mucho los sentidos para encontrar los olores a talco y Menticol, a pólvora y almendro, al tabaco sin filtro de las mujeres viejas que no tenían miedo de caminar descalzas por la casa.

La ciudad que fue mía es ahora una sombra en la memoria. Mis cuatro abuelos se han muerto sin probar el amargo precio que Barranquilla ha tenido que pagar para ser la ciudad que le corresponde ser, con sus multitudes, sus afanes, sus tráficos, sus extraños, sus niños escondidos, sus nuevos prejuicios que agudizan los viejos, su cemento, su amnesia, sus anonimatos, su prosperidad triste, su pobreza triste, su pose de urbe que trabaja con la cara mirando al suelo.

Y yo, que solía escapar de la vorágine de la ciudad del frío escondiéndome en los callejones, terminaré sin ningún lugar a dónde ir, porque cada vez es más rotundo el parecido entre una ciudad grande y una que quiere serlo, porque ya no vuelvo a un oasis, a un remanso, a una jubilosa rueda suelta de este mundo, sino a una emuladora obediente del progreso, que se muere por ser lo que no ha sido.

Pero, mientras exista un solo patio con un palo de mango, mientras se sigan estrellando las fichas de dominó sobre las mesas, mientras se muere la última mujer que camina como un porro, mientras yo mismo me muero, congelado en el frío, seguiré buscando, cada vez que regrese, las cosas que pueblan mis recuerdos. No importa que se vayan haciendo más esquivas a medida que Barranquilla y yo, que fuimos tan felices cuando estábamos enamorados, nos alejamos inexorablemente mientras tratamos, cada uno por su lado, de sobrellevar la madurez que nos toca la espalda y nos va prohibiendo que volvamos a ser irresponsables, lúbricos y felices.

@desdeelfrio

Imagen de JoshMattar

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