El Heraldo
Política

Presidente o estadista

Sea lo primero, aclarar que en un sistema de gobierno presidencialista, en cualquier parte del planeta, el presidente tiene que estar preparado para gobernar con conocimiento, independencia, sentido crítico y autocrítico; debe tener grandes habilidades políticas, administrativas, capacidad escucha, interpretativa y propositiva, para plantear soluciones a los grades desafíos del Estado que gobierna, con base en su experiencia y rodeado de un buen equipo de gobierno.

De allí que, la ciudadanía universalmente debe propender también por aprender a elegir con conocimiento, independencia, sentido crítico y autocrítico, a estadistas, más que a presidentes investidos de gobiernos de coyuntura.

Para la Corte Constitucional según lo dispone el artículo 188 de la Constitución Política, el Presidente de la República simboliza la unidad nacional y, como Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa (art. 115 C.P.), le corresponde el ejercicio de diversas funciones en cada una de sus calidades.

Así, como Jefe de Estado le concierne la dirección de las relaciones internacionales, la seguridad exterior de la República, la declaratoria de guerra con permiso del Senado de la República o, sin su autorización para repeler una agresión extranjera, defiende la independencia y honra de la Nación, la inviolabilidad del territorio, entre muchas otras.

Igualmente dentro de sus funciones como Jefe de Gobierno, que conforma con los ministros y jefes de departamento administrativo en cada caso, le corresponde dirigir la fuerza pública y, como comandante supremo de las fuerzas armadas de la República disponer de ella; conserva en todo el territorio el orden público y lo reestablece cuando fuere turbado, declara el estado de conmoción y de emergencia cuando proviene de hechos perturbadores del orden económico social.

Así mismo, como Suprema Autoridad Administrativa cuenta con la facultad constitucional de nombrar y separar libremente a sus ministros y jefes de departamento administrativo, así como a los presidentes, directores o gerentes de los establecimientos públicos nacionales y, en general tiene la facultad de nombrar y remover libremente a sus agentes; funciones todas éstas que se encuentran consagradas en el artículo 189 del Estatuto Fundamental.

Como se observa, por mandato constitucional el Presidente de la República representa a la Nación, tanto dentro del país como internacionalmente, lo cual le confiere la facultad de ser su vocero y, sin distingo alguno, representar los intereses de todos los nacionales, esto es: de quienes votaron por él como quienes no lo hicieron; de los grupos étnicos y minorías;  de niños, jóvenes y ancianos; de los connacionales sin distinción de sexo, capacitación, estrato social, credo religioso u opción política partidista; de empresarios y trabajadores; y, de pobres y ricos; en una palabra un Presidente representa a su Nación.

Luego entonces, en Colombia como en cualquier país del mundo, el ser Presidente de una República, entraña además de excelsas calidades personales, profesionales, liderazgo y habilidades administrativas, le es exigible una gestión desde la perspectiva de un verdadero Estadista.

Al respecto, Benjamin Disraeli, miembro del Partido Conservador inglés y quien llegó a ser Primer Ministro de su País, dijo que la diferencia entre un estadista y un político es que mientras el primero piensa en las siguientes generaciones, el segundo solo piensa en las próximas elecciones.

En ese orden de ideas, para el estadista británico Winston Churchill (1874-1965) la diferencia entre un político común y un estadista es que el primero solo piensa en el triunfo electoral, mientras que el segundo, en las generaciones que vendrán.

El portal deconceptos.com indica que: la palabra estadista hace referencia a aquella persona que posee gran conocimiento y experiencia en relación a la unidad jurídico-política denominada Estado. Se trata de un especialista en manejo de la cosa pública, en lo referido a la asignación de recursos y medidas con vistas al bien común.

Un estadista puede ser un funcionario público o un analista de la realidad política, que conozca la verdad de la sociedad en la que vive, sus necesidades, los recursos con los que cuenta y las posibilidades de llevar a cabo planes eficaces a corto, mediano y largo plazo, sin proponer utopías, ya que las promesas vanas, crean ilusiones y cuando no se concretan solo logran generar frustración, descrédito y resentimiento.

Un estadista deja una marca de cambio positivo y de progreso en la historia de su pueblo, ya que lo guía hacia un destino de grandeza, mejorando sus capacidades, descubriendo potencialidades y generando ingresos.

En su obra "Mirabeau o el político" publicada en 1927, el filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) llamó estadistas, a aquellos gobernantes que son capaces de tomar medidas que son buenas a largo plazo, aunque en lo inmediato puedan resultar antipáticas e impopulares. Será la historia quien, con mirada retrospectiva juzgue al político de estadista, o de un simple oportunista, demagogo o pusilánime.

En el contexto latinoamericano, Ramón Núñez Ramírez, considera que el estadista es el líder conductor con visión de país, consustanciado con un modelo económico y social presto a impulsarlo contra viento y marea, el hombre capaz de trabajar a largo plazo porque “ve más allá de la curva”, mientras el simple gobernante, líder coyuntural en tanto detenta el poder, carece de la brújula ideológica, de la visión de país y por eso se limita a gobernar en el día a día, sorteando crisis y a veces creándolas.

El Presidente-estadista se coloca por encima y ve más allá que el común de sus conciudadanos, con su impronta contribuye a transformar la nación dejando un legado a las siguientes generaciones; por el contrario el Presidente gobernante carente de la capacidad para aprender del pasado, entender el presente y mucho menos prepararse para el futuro, agota una oportunidad histórica sin realizaciones físicas o institucionales y en algunos casos provocando retrocesos.

En la crisis actual, bien vale la pena que el señor Presidente de la República, haga un pare para auto cuestionarse respecto del ejercicio de su mandato, reflexione con relación a cómo desea ser juzgado por la historia, si como un presidente de coyuntura que no reivindicó las necesidades de la Nación Colombiana o como un estadista que dejó el mejor legado positivo para futuras generaciones.

Ello le permitirá seguramente recomponer la brújula de su gobierno, comprendiendo que su enemigo, no debe buscarlo en imaginarios porque su verdadero adversario es el tiempo. Aunque realmente su principal contradictor claramente es quien se sienta en el “Solio de Bolívar” desde el 7 de agosto de 2018.

Coletilla: No comparto los hechos de violencia en el país sucedidos en las últimas semanas. Considero que nada reemplaza la seguridad producto del diálogo constructivo y diverso entre todos los actores.

Rechazo las amenazas a dirigentes, periodista, docentes e instituciones como la Universidad del Norte de Barranquilla. Formulo un llamado respetuoso a las autoridades administrativas, eclesiásticas y de policía judicial para investigar, prevenir y sancionar este tipo de actos, inusuales en nuestra ciudad y que de ninguna manera se puede permitir que empiecen a hacer carrera.   

 

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