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Opinión

Estampa de un vagabundo

Bebí el café en el balcón, vigilando el zigzagueo de los relámpagos en el horizonte. 

En silencio, decidí la ruta y me lancé a la calle. Los guantes me estorbaban un poco menos que el tapabocas. Caminaba como espoleado por la misma Pasión vagabunda de Manuel Zapata Olivella, la inestimable colección de crónicas de viaje que he revisitado en estos difusos días de cuarentena. 

En el parque, encontré la hierba recién llovida; el aroma a tierra mojada que permitió a Manuel hallar el título de su primera novela. El invisible repique de un chirrío me recordó el patio de mi infancia. Unos metros después, a la vista de una ceiba, pensé —no pude no pensar— en la invocación ancestral con que se abre la más notable epopeya de la negritud en América: «Dame, padre, tu voz creadora de imágenes, tu voz tantas veces escuchada a la sombra del baobab».  Conjeturé que si el matarife de Minnesota hubiera leído la traducción que Jonathan Tittler hizo de Changó, el gran putas, George Floyd aún estaría escuchando hip hop con su hija de seis años. 

Seguí mi camino. Manuel vino al mundo en «la madre de las pandemias». Hoy, una pariente de la dama española se empeña en aguar la fiesta de su centenario. Desde muy joven se abrió paso en un medio hostil y «afrofóbico». Con insaciable curiosidad, quiso comprender el alma del animal más desalmado de la historia. Fue médico, antropólogo, investigador, escritor, editor, dramaturgo, folclorista, promotor de música y activista político. Practicó los estudios culturales mucho antes que los inventaran. Sin embargo, según García Márquez, «su vocación más dominante era tratar de resolverle los problemas a todo el mundo».

Le gustaba escribir muy de madrugada, para que Obatalá pudiera guiarlo en el entresueño por los laberintos de la creatividad. Quizá por eso, mientras importantes proyectos literarios parecen desgastarse con el tiempo, el suyo calza como un guante en la actual agenda investigativa, despertando cada vez mayor interés en distintas latitudes. Su obra Caribe, impregnada de diáspora, sincretismo y resistencia, expresa un vigoroso pensamiento decolonial, así como un mensaje cósmico de igualdad y tolerancia, construido sobre las bases de la multiculturalidad.

Manuel supo ser cosmopolita y transculturador, mítico y posmoderno. La obra de este loriquero universal es, por desgracia, inconseguible en las librerías barranquilleras, repletas de bodrios de autoayuda, lecciones de liderazgo y biografías de Santander. Ojalá la pandemia no dé al traste con la inaplazable iniciativa de publicar sus obras completas. 

Las cenizas del autor de En Chimá nace un santo —que para el gusto de Germán Espinosa es en realidad su mejor novela—, fueron esparcidas en el río Sinú. Yemayá, diosa yoruba de las aguas, debió hace mucho llevar de regreso al «ekobio» a la amada tierra de los ancestros. A esta hora, mientras yo vuelvo a casa para no ser multado por pensar en el espacio público, Manuel Zapata Olivella debe estar con su amplia sonrisa y su sombrero vueltiao departiendo a la sombra de un baobab con el más antiguo de sus tatarabuelos africanos.

orlandoaraujof@hotmail.com

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