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Opinión

Detrás de un mostrador

Desde niño siempre tuve aprecio por esos personajes que definieron que la atención de sus negocios debería ser súper personalizada, y nada mejor para eso que hacerlo detrás de un mostrador.

Recuerdo al chino de la tienda de la esquina de la calle 64 con carrera 49, frente al parque de Las Américas, y a Abelardo, el de “La más barata”, tienda en la calle 66 con 49, de Boston. Ya mayorcito, acompañando a mi padre a comprar el pan donde “el polaco” de la calle 53 entre 20 de Julio y Cuartel, y la infaltable parada en el Quiosco ABC, donde detrás del mostrador lo atendían los hermanos Salgado, Rómulo y Urbano. Así que el aprecio a esa forma de atender viene desde niño, y aún lo profeso.

Ya adulto admiro, y quizás de manera equivocada, compadezco a los miles de tenderos, en su mayoría santandereanos que acuciosamente atienden sus tiendas a lo largo y ancho de nuestra geografía urbana, logrando el perfecto equilibrio entre el inventario, la presentación, los horarios de atención y las madrugadas para surtir sus negocios. Desde muchos años antes de que apareciera el dichoso Coronavirus, los tenderos, en su mayoría habían implantado el servicio a domicilio gratis sin exigencia de valor de la compra, y eso es clave en la calidad de vida de nuestra ciudad. Cuando llamo a mi tienda favorita me atiende casi siempre el mismo, se nota enseguida que es su propietario, santandereano por su acento y trato. Le conozco la voz pero no sé su nombre, no lo conozco personalmente, él a mí tampoco, ni mi nombre siquiera, pero estamos perfectamente conectados. Solicito lo que necesito que me envíe, él lo anota. ¿No le envío las galletas de helado cubiertas de chocolate? No gracias, aún tengo unas. Ok, ¿Villa Magna 6-A? ¡Correcto! Ni siquiera tengo que decirle donde vivo. Él lo sabe, desde atrás de su mostrador.

Pero no solo son los tenderos, en otras líneas del comercio también hay empresarios que para garantizar una atención directa y personalizada, han optado por hacerlo detrás de los mostradores de sus negocios. Allí, de manera diligente y amable los encontrarás cada vez que requieras de sus servicios. Me gusta ese tipo de atención. Si llego a la ferretería y miscelánea el Triunfo, en el barrio Paraíso, allí estará inmancablemente, David, a quien llamo cariñosamente Davo. ¡Ajá don Nico! ¿Qué te trae por acá hoy? Y entre charla y charla me llevo lo que fui a comprar. Así esa diligencia se convierte en un rato agradable. Uno no concibe una visita a Drogas Habib sin encontrar detrás del mostrador al Sr. Habib, con sus gruesas gafas y su atento saludo. A sus órdenes Sr. Renowitzky, hace días no lo veía por acá, ¿Cómo está su señora? Ella sí estuvo por aquí hace un par de días. ¿Le ha funcionado la ampolla de Vitamina C para subir las defensas? ¡Definitivamente sí Sr. Habib! Y sigue una rápida conversación ajena a la compra, para finalmente salir con mis medicinas. Así una diligencia se hace amena, no mecánica. ¿Y qué hace la diferencia? Que el dueño del balón está presto, detrás de un mostrador. Quizás porque sé que jamás podría estar yo en ese puesto, y casi que ni en una oficina, es que aprecio a quienes así atienden sus negocios. Y por eso mismo consideré justo, en días de COVID-19, dedicarles este artículo a esos abnegados comerciantes que a todas horas nos atienden, detrás de un mostrador.

nicoreno@ambbio.com.co

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