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Columnas de opinión
13 Agosto 2017

Migrante

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Cruza la frontera una o dos veces al mes. Vuelve a su casa, apenas ve a su mamá, a su marido y a sus hijos. Les lleva algunas cosas que les ha comprado en el país vecino, sale con ellos, resuelve asuntos familiares, lleva a los niños al médico, le hace mejoras a su casa cuando puede, y luego vuelve a cruzar la frontera. Se mete por la trocha cargada de una maleta con quitaesmaltes, cremas, limas y pintauñas. Lidia con traficantes, policías corruptos y hombres de todo tipo que se quieren aprovechar cuando se dan cuenta que viaja sola. Miserables hay en ambos lados de la frontera. Esa penosa condición no reconoce nacionalidad. Es extrovertida, segura de sí misma, joven y muy agraciada. Es fuerte. Transa como puede a conductores de motos en parajes solitarios, siente miedo, pero es determinada.

Apenas pisa suelo colombiano viaja a Cartagena, allí la paga por un manicure se multiplica. Hace turnos en un salón de belleza y hace domicilios. Viene a trabajar, no a dormir. Hace uñas de pies y de manos a colombianas de toda clase. Sabe lo que hace. Es buena. Está lejos de sus hijos y se preocupa, pero la mantiene una idea de sacrificio y disciplina. Apenas renta un pequeño espacio para descansar lo necesario en un barrio pobre de la ciudad y duerme en una colchoneta tirada en el piso.

No está de paseo, dice. La austeridad es parte de su travesía. A veces se encuentra con paisanos que están en su misma situación y con otros que decidieron venirse del todo. Sin embargo, está sola la mayor parte del tiempo. No falta el que advierte su necesidad y piensa que está dispuesta a todo, que se rebuscaría con lo que sea, y se atreven a hacerle propuestas sexuales a cambio de unos pesos. Respeta ese oficio, pero no es lo de ella.

Las venezolanas buscan en Colombia lo que por muchos años las colombianas encontraron en Venezuela. Nada más, pero nada menos. Generaciones de colombianos se levantaron con los cuidados de una abuela o una tía, mientras las madres se partían el lomo en el país vecino para sostener a sus familias. Hace unos días la Procuraduría le solicitó a la Cancillería informar sobre las acciones que ha adelantado por garantizar los derechos de los ciudadanos venezolanos. Cuestiona el Ministerio Público la política migratoria que se caracteriza por multar, restringir y deportar a los venezolanos que han ingresado al país de manera irregular. La Cancillería ha considerado, entonces, revisar la posibilidad de una visa humanitaria para los migrantes venezolanos. Ante las recientes declaraciones de la Canciller, una serie de reacciones de xenófobas se han manifestado por redes sociales.

A los colombianos, tan azotados por la discriminación en tantos lugares del mundo, nos queda mal cerrarle las puertas a los venezolanos. Para eso nos debe servir la memoria, para recordar la deuda histórica que tenemos con los hermanos del país vecino cuando los bolos se cotizaban a la alza y Petare era un barrio de Colombia en Caracas.

javierortizcass@yahoo.com

Imagen de adriana.puentes
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