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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

Miedo

Siempre fue grave. Que el dirigente político más influyente del país sea el personaje público con más procesos penales en su contra de todo el hemisferio –sospechoso, investigado e imputado– ha sido una verdad que, a fuerza de costumbre, se fue instalando en la cotidianidad colombiana sin producir casi ninguna estupefacción, como si nuestra sociedad hubiese nacido incapaz para ejercer el necesario don de la sorpresa.

A pesar de lo falaz que es la premisa según la cual todas esas acusaciones son la consecuencia de un macabro plan de sus enemigos, los millones de ciudadanos que lo veneran se las han arreglado para soportar en ella un respaldo que va más allá de la militancia o la simpatía, que raya en el fanatismo, la abyección y el desvarío.

Esa muchedumbre –una parte convencida de su inocencia, y otra segura de su inmunidad– es la que tiembla de miedo ahora que la Justicia, esa otra enemiga íntima suya, lo ha llamado a rendir cuentas, apenas por uno solo de los innumerables delitos que se le atribuyen. Es un temor razonable: por una parte, le temen a que sea cierto que después de todo su líder no sea intocable; también les aterra que se cometa una gran injusticia, que termine triunfando la conspiración del comunismo, las poderosas Farc, Juan Manuel Santos y el Servicio Secreto Británico; por último, está el miedo que comparten a esta hora los más honrados uribistas –que los hay–, el que no los deja dormir, el que logra perturbar su tradicional sensación de seguridad: que su presidente eterno sea culpable.

Para esa masa vociferante y viril que constituye a la derecha colombiana, el imputado encarna, como ninguna otra persona en nuestra corta historia, los valores mayores que es preciso preservar a toda costa, los mismos que conforman la médula de nuestro carácter nacional: la beligerancia, la astucia y la ambición. Perder al adalid de esos principios sería una tragedia de la que no podrían levantarse; no existe otro como él, no quieren que haya un reemplazante; para ellos, Duque, Valencia, Cabal, Gaviria, son tan invisibles si falta el supremo gobernante de sus conciencias, que ni siquiera los reconocerían en la calle.

Esta es la medida del amor que despierta en millones de personas Álvaro Uribe, el sospechoso, el investigado, el imputado, y de él se valdrá una vez más para poner en duda la imparcialidad de sus jueces, para desviar la atención de la opinión pública hacia su condición de víctima inerme, para señalar como culpables de todo a los otros, para abandonar a su suerte a los leales servidores que no puedan ser salvados de la cárcel, para disfrazar de defensa las presiones indebidas a los funcionarios judiciales. Su gente estará con él hasta el final: si lo absuelven, tal vez bailarán su dicha por las calles, se burlarán de los opositores, les enrostrarán el triunfo en las narices, no podrán ocultar sus ganas de vengar la humillación; si lo condenan, a lo mejor llamen a la guerra, a una nueva revolución, al levantamiento del pueblo para liberar a su paladín de las garras de los perversos marxistas infiltrados en las instituciones del Estado.

Lo que ha pasado es grave. Pero lo que pase en adelante, sea lo que sea, quizás lo será aún más. No por nada Uribe no es un imputado cualquiera. Tal vez somos nosotros quienes deberíamos tener miedo.

@desdeelfrio

Imagen de jesika.millano

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