El Heraldo
Opinión

Se tenía que decir…

¿Y qué pasa si a uno le gusta un café que a ti no? ¿Y qué pasa si me emociono porque me escriban un mensaje bonito en ese vaso de café? ¿Y qué pasa si me gusta la canción pegajosa de reggaetón? ¿Y qué pasa si lloro a mar de lágrimas por una boda de un par entre extraños a quienes no conozco ni conoceré? ¿Y qué pasa si celebro el nacimiento de la última hija de la bloguera que sigo?

Vivimos en una sociedad en la que todos sentimos que tenemos el derecho a opinar sobre la vida de otros, pues creemos que si una persona le comparte algo al mundo, es porque eso significa que debe estar abierta a escuchar lo que él tiene para decirle. Sobre todo si de una mujer se trata. 

No nos digamos mentiras, a las mujeres siempre se nos ha dado (y nos hemos dado) ‘más duro’. Que si estamos más gordas, que si más flacas, que si más viejas, que si muy ‘encuera’, que si muy ‘mojigata’, que si muy callada o que si muy ‘bullosa’, todo está disponible para ser criticado. Sin embargo, no solo somos cuestionadas por la forma cómo nos vemos o por la manera cómo actuamos, sino también, por los gustos que tengamos.

Y es que el machismo está tan presente en todas las esferas de nuestra sociedad, que hasta nuestros placeres pequeños son ridiculizados. Un hombre puede llorar por fútbol (o por cualquier deporte), puede ‘amar’ perdidamente a un deportista, puede ‘sentir despecho’ porque el equipo no clasifique a la siguiente ronda, y es abiertamente aplaudido por ello, pero si una mujer siente pasiones por placeres pequeños, automáticamente es ridiculizada. 

Es entendible si a un hombre se le sale una lágrima porque su equipo gana un mundial, o se ponga feliz por recibir de regalo la camiseta de su jugador preferido, pero es estúpido si uno llora al ver una propuesta romántica de matrimonio, se emociona por un concierto de algún cantante comercial, celebra la ‘liberación de Britney’, o brinca de la felicidad al encontrar los zapatos que había estado buscando.

Hay un dicho que dice que ‘entre gustos y colores no distinguen los doctores’, pero aparentemente, en Twitter la gente tiene maestría en ‘gustología’, y efectivamente, sí existe una policía para determinar si lo que a uno le guste, le apasione o disfrute es válido. Inclusive si de algo muy pequeño e intrascendente se trata. 

¿Y qué pasa si a uno le gusta un café que a ti no? ¿Y qué pasa si me emociono porque me escriban un mensaje bonito en ese vaso de café? ¿Y qué pasa si me gusta la canción pegajosa de reggaetón? ¿Y qué pasa si lloro a mar de lágrimas por una boda de un par entre extraños a quienes no conozco ni conoceré? ¿Y qué pasa si celebro el nacimiento de la última hija de la bloguera que sigo? ¿Y qué pasa si me gusta Carlos Vives? ¿Y qué pasa si la nueva generación ahora hace bailes de ‘tik tok’ en las discotecas? Nada, no pasa absolutamente nada. 

Porque la realidad es que odiar el placer inofensivo de otros no te hace interesante, detestar lo popular, no te hace interesante, y querer hacer sentir ridículo a alguien (sobre todo si de una mujer se trata), no te hace interesante. Ser ‘hater’, no te hace interesante. Te hace pendejo. 

Se tenía que decir, y se dijo.

 

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