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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 meses

Santa Marta tiene sed

Es desconcertante lo que ocurre en Santa Marta. La capital del Magdalena es una ciudad que tiene casi quinientos años de haber sido fundada, con una población cercana al medio millón de habitantes, rodeada de un valiosísimo entorno natural –lo que le ha supuesto una importante explotación turística–, con una actividad portuaria destacada y un aeropuerto internacional que ya está alcanzando en número de pasajeros a nuestro Ernesto Cortissoz. Sin que esta sea una lista exhaustiva, su revisión parecería indicar que la ciudad cuenta con todo lo necesario para brindar un buen nivel de vida a sus habitantes. Todo, menos agua potable.

Hace pocas semanas escribí en este espacio sobre la necesidad de simplificar nuestros planes de desarrollo, o cualquiera de los indescifrables instrumentos de planeación que regulan y ordenan, o lo pretenden, el porvenir de nuestras ciudades y departamentos. Recibí varios comentarios que señalaron la inconveniencia de mi posición, destacando que el sinnúmero de necesidades que demandan solución justifican tal complejidad. Alguien hasta se animó a decirme que los planes no pueden ser breves y concisos, exigiendo, supongo, aún más extensión y enredo. Revisando el caso de Santa Marta encuentro más razones para insistir en mi reclamo. Que en este momento de la historia una ciudad tan importante no haya solucionado algo tan básico como el suministro de agua no tiene justificación.

Imagínense una familia numerosa en la que se debate furiosamente para escoger la tela que debe usarse para forrar el sofá de su casa. Habrá posiciones diferentes, los jóvenes querrán una cosa, los mayores otra, se discutirá sobre el color, el material, las garantías del proveedor; todo muy democrático, participativo, sin duda interesante. Ahora imagínense que la familia en cuestión no tiene todavía los recursos para comprar la estructura del sofá, solo les alcanza para la tela. Ya entonces la discusión se revela imprudente, convendría concentrarse primero en buscar la manera de hacerse con la estructura, después se podrá pensar en la tela. Si además descubrimos que nuestra familia ficticia tampoco tiene la casa en la que pretenden poner el sofá sobre cuya tela están discutiendo, ya nos parecería mejor recomendarles que busquen asistencia psiquiátrica. A veces me parece que ciertos empeños de algunos gobernantes no se alejan mucho del disparatado escenario que he descrito.

No se puede pensar en la tela del sofá si no tenemos ni sofá ni casa. La falta de agua potable es tan grave que no vale la pena concentrarse en casi nada más. Es asombroso que esta afirmación, por obvia que parezca, no sea evidente para todos y que sigamos distrayéndonos en asuntos que, si bien merecerán nuestra atención en algún momento, pueden esperar. El único objetivo, o al menos el de indiscutible prioridad, el que debe acaparar la mayoría de los recursos de los samarios, debe ser la ampliación y modernización de su acueducto.

moreno.slagter@yahoo.com

 

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