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Columnas de opinión
16 Marzo 2017

Los inexistentes

Comenzó la preparación del sancocho que nos darán a beber para las elecciones presidenciales de 2018. Se adoban los elementos que darán color, textura y sabor al platillo que devoramos –ajenos a que se trata de un manjar minuciosamente ideado y con propósitos concretos– cada vez que hay votaciones. A la fecha ya se cuece en la sopa el tema de los costeños acusados de corruptos, material que fue arrojado previamente al agua hirviendo para hacer el caldo básico. Poco a poco espumarán a fuego lento las disputas religiosas, la ideología de género, el matrimonio homosexual y la inseguridad, ingredientes que tendrán que despertar la gula que es necesaria para que el pueblo se zampe el sancocho de un jalón, es decir, que trague entero. Para entonces, esa ingesta desmedida de odio, polarización e incertidumbre, por poco nos habrá llevado al limbo de la inconsciencia; estaremos bajo efectos de esa especie de burundanga preelectoral que hace perder la voluntad y nubla el juicio, un estado de aturdimiento en el que somos semejantes a borregos a merced de las maquinarias electorales. Y, comoquiera que el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y la guerrilla ha conseguido que combatir a las Farc –la sustancia del sancocho que hemos estado apurando por más de cincuenta años– no pueda ser más un tema de campaña, hay que tirar a la olla los escándalos de corrupción, el escenario perfecto de confusión en que cada cuatro años se elige al presidente de Colombia.    

En efecto, la corrupción que crecía soterradamente mientras el país era movido a creer que la madre de los males eran los movimientos guerrilleros, hoy en día sale a la luz como si fuera una novedad, haciendo parte del libreto con que se juega el futuro de los corruptos tradicionales y su combo de aprendices. Se multiplican las denuncias en torno a los casos de Reficar, Odebrecht o los desfalcos de La Guajira; se acusan unos a otros en estas épocas de campaña. Se examinan contratos y contratistas, “los corruptos buenos y los corruptos malos”, según señalara un conocedor del gremio en 2011 a la revista Semana, separándolos entre los que lavan activos, pero hacen obras, y los que piden anticipos y no las acaban. “Es decir, los malos, que son los que mueven plata del narcotráfico, son los buenos en el fondo”. 

Es el sancocho que el pueblo se bebe raudo, sazonado por una estirpe de bribones que podría presumirse que encabezan los políticos con su ambición desaforada. Pero la cosa no es tan cierta. En el país, como sucede en el mundo, los funcionarios públicos son títeres de un poder aún más perverso: los inexistentes. Los intocables. Los innombrables industriales y banqueros que gobiernan al Gobierno, evaden impuestos, lavan activos, y, cada vez que hay elecciones, se inventan una receta de sancocho embrutecedor. Una burundanga electoral que, usted lector, decide si se toma nuevamente. 

berthicaramos@gmail.com

Imagen de said.sarquis