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Actualizado hace 1 años

Los excluidos

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Con un lacónico “yo diría que sí” respondió el Dr. Cocoon –el oráculo del periódico AL DÍA que transcribe a términos simples lo que a veces resulta incomprensible– a la pregunta de si es momento de estrellar cabezas unos contra otros y sacarse los sesos, al conocer el nuevo fallo de la corte de La Haya que valida los propósitos expansionistas de Nicaragua sobre territorio colombiano en el Caribe. Como el Dr. Cacoon, yo también diría que sí; y no solo de estrellar cabezas, sino de realizar un ritual de autoflagelación que en este tiempo de perdón pudiera servir al menos para ganar indulgencias. Pero en la Semana Mayor del Gobierno Nacional no hay lugar para la penitencia pública.

No puede haberlo. Porque si algo exige rigurosidad y humildad es el reconocimiento de las culpas, y el Estado colombiano es un cúmulo de imprevistos y arrogancias que sumados a una ceguera ancestral han confirmado a Colombia como perdedor consuetudinario de conflictos fronterizos. Las malas mañas de un país que parece utilizar las leyes a conveniencia han fortalecido la idea de que un tribunal es un adefesio maleable que en circunstancias adversas puede ser desconocido, y quizá por tal motivo el Estado se acogió a la mediación de la Corte Internacional de Justicia, aun sabiendo que en los comienzos del litigio bien podrían los nicaragüenses encontrar una rendija legal por donde lograr sus pretensiones. Ahora, cuando ya todo parece consumado, dice el presidente Santos que Colombia “no seguirá compareciendo ante La Haya”, que es casi una equivalencia del infantil “no juego más” al que uno recurre cuando va perdiendo el juego. De inmediato se propagaron la indignación y el respaldo a la posición del Gobierno.

Los expresidentes, incluso aquel cuya ética pelética peluda y peletancuda no admitía conciliaciones, se mostraron solidarios y reafirmaron que Colombia está en su derecho de no acatar las decisiones del organismo internacional; pero, más allá de la manera en que pueda solventarse esta difícil circunstancia, hay algo que ciertamente es para romperse la cabeza y devanarse los sesos: en manos de ellos, y muchos otros, estuvo la obligación de ejercer soberanía indiscutible sobre nuestros territorios insulares. Pero ocurre que en un sistema centralista que adjudica y perjudica a su acomodo desde el triángulo de oro de Colombia, como otros departamentos el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina –que para cualquier país sería la joya de la corona– ha sido un territorio de excluidos a la deriva en las tibias aguas del mar Caribe. Otra habría sido la historia si la miopía y la indolencia del Estado no hubieran contribuido a que Nicaragua pueda soñar con que la riqueza que yace en esos miles de kilómetros de mar –en estos tiempos fundamental– le pertenezca. Un litigio que hay que dirimir con inteligencia, sin la petulancia centralista.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de adriana.puentes

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