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Opinión

Los árabes, puertas abiertas

Los árabes libaneses, sirios, palestinos y jordanos provenientes del Medio Oriente se constituyeron en un numeroso grupo de emigrantes de sus países de origen, en una diáspora generada por la invasión turca en aquellos países.

Enfrentaron desde el puerto de Marsella, en Francia, las grandes distancias de los océanos y se asentaron en países suramericanos y centroamericanos, especialmente en Colombia.

La presencia de estos inmigrantes en Colombia fue notoria en los departamentos del Atlántico, Bolívar, Magdalena, Cesar, Córdoba, Sucre, Norte de Santander, Santander, Boyacá, Nariño, Huila, Meta, Arauca, Chocó, Valle del Cauca, la ciudad de Bogotá y algunos municipios como Girardot, en Cundinamarca, y Honda, en el Tolima. Así como puertos del río Magdalena que fueron importantes hasta las primeras décadas del siglo 20. En otros departamentos posiblemente hubo presencia árabe pero no tan notoria.

El abuelo Salim Eslait amaba el mar y viajar, por lo que escribió lo siguiente: “Aunque nunca salgas de tu casa, la vida siempre será un viaje. Viajamos por la niñez, atravesamos la juventud, nos enfrentamos a la madurez y allí, en ese puerto, nos embarcamos para la vejez y el más allá”. Cuando mi abuelo era niño se pasaba horas mirando los barcos, hablando con los marineros, llenándose la cabeza de historias de mundos fantásticos, de tesoros ocultos, de misterios y princesas.

Los libaneses, sirios y palestinos promovieron una importante corriente inmigratoria de razas sanas, fuertes, libres de enfermedades sociales y trasmisoras, sentando así un precedente.

Tener que movernos en la contradicción de dejar de ser como somos, para poder ser como queremos ser, generó una importante idea de nosotros mismos.

El señor Abisambra, nacido en Beirut, llegó a Colombia en 1920, huyendo de la caída del Imperio otomano en medio de la Primera Guerra Mundial y de la avaricia de los ingleses, los franceses y la pobreza.

Al llegar a Barranquilla, el señor Abisambra no entendía por qué si él era descendiente de los fenicios, los que inventaron el comercio y el alfabeto, y siendo su origen de la tierra donde nació Jesús, y hablaba árabe y francés, le ponían tantos problemas y miles de trabas para entrar a Colombia.

En el Puerto lo miraban con malicia por pensar que traía lepra o tracoma. Y le exigían certificado de solvencia económica y permiso de entrada de las autoridades.

Llegaba en el mismo barco con dos familias alemanas que pensaban instalarse en la ciudad de Medellín y a quienes en ningún momento les pusieron trabas, por el contrario los alemanes fueron tratados con gran amabilidad.

Desde septiembre de 1892, Moisés Isaac Mebarak promociona una variedad de artículos franceses a través del periódico El Porvenir, de la ciudad de Cartagena, en el cual posteriormente aparece el nombre de la señora Labibe S. de Mebarak.

Ellos se casan por poder y se reúnen unos meses después en la ciudad de Cartagena, lugar donde tuvieron seis hijos y fueron muy felices.

La señora Labibe inaugura un almacén de mercancías en la calle del coliseo en esta ciudad conocida como la Heroica de Colombia.

 

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