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Actualizado hace 1 años

Los años para concluir el cuadro

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Con el avance de la ciencia el hombre podrá vivir más.

Vivir más de cien años no será ya, en el cercano o mediato futuro, una posibilidad excepcional para los individuos de la especie humana. La hipótesis, planteada desde hace años por la medicina y otras áreas aunadas a ella a este propósito en una fascinante interdisciplinariedad, ha sido formulada de nuevo hace poco por Kevin Ashton en un encuentro académico cumplido en Bogotá. 

Vamos, pues, a darlo por hecho: las personas, al cumplir 35 años, no sentirán, como Dante hace más de siete siglos y todavía no pocas hoy día, que han llegado a la mitad del camino de su vida, sino sólo al primer tercio, si no incluso apenas al primer cuarto; y cuando lleguen de verdad a la mitad de su vida, serán entonces aún unos mocetones de 70 años, con la lozanía y fortaleza de alguien de 30 de nuestros días.

¿Qué significado pueden tener estos revolucionarios modelos etarios? No pregunto por sus implicaciones demográficas, laborales, económicas, etc., sino por eso, por su significado, y, para ser concreto, por lo que cabría llamar su significado moral privado.

Según la visión de los que asumen la vida como un proceso rápido y furioso, el nuevo escenario será una aberración. Unas expectativas de vida de 110 o 130 años representarán, en efecto, la más indecente de las propuestas para quienes, como Andrés Caicedo (en esencia, de la misma estirpe de Rimbaud), “vivir más de 25 años es una vergüenza”. En el extremo opuesto, tales expectativas de vida, en cambio, resultarán insuficientes para quienes sean de ésos que, al triplicar el plazo caicediano y seguir de largo, mantienen intacta la sed de vivir inicial. Incluso estos últimos no agotarán en rigor el extremo; algunos querrán todavía más y suscribirán con furor el aforismo de E.M. Cioran: “Nunca entenderé cómo se puede vivir sabiendo que no se es, por lo menos, eterno”. 

Situadas a placer en una posición intermedia, un cuarto tipo de personas se alzarán de hombros ante la nueva longevidad: aquellas según las cuales, para lo que hay que vivir y hacer en la vida, 80 años bastan; las que, como doña Leonor Acevedo, la madre de Borges, si rebasan esa cantidad, se excusan: “Caramba, se me fue la mano”. 

Por mi parte, celebro que la esperanza de vida humana vuelva a ser la de los supercentenarios patriarcas bíblicos (pienso en los 175 años de Abraham, en los 180 de Isaac) en la medida en que ello permitiría mitigar al menos el grave defecto que, con toda lucidez, Milan Kundera encuentra en nuestra existencia: tenemos una sola y efímera vida que apenas si nos alcanza para ensayar y errar, para aventurar decisiones, sin que podamos aprovechar esas experiencias como pasos necesarios para hallar después la alternativa acertada, para tomar las determinaciones correctas finales, ya que no disponemos de una segunda, de una tercera o cuarta vida. Así, pues, como dice el novelista checo, “nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro”. 180 años de vida no nos curarán de la insoportable levedad del ser, pero quizá nos alcancen para concluir el cuadro.

Imagen de adriana.puentes

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