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Actualizado hace 1 años

Los abogados del diablo

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Pese a todos los males que padece este universo llamado Colombia, no sería justo decir que hechos terribles como el ocurrido con Yuliana Samboní, la niña que fue raptada, abusada sexualmente y asesinada, reflejan el comportamiento de la confusa sociedad a la cual pertenecemos. No somos los colombianos un linaje aborrecible. No es justo emprender la habitual campaña de autorrecriminación a que suele llevarnos la culpabilidad moral que nos persigue, porque tales sucesos, horrendos e imperdonables, ocurren donde quiera que existe el ser humano con sus complejas estructuras de personalidad. No hay grandes diferencias entre Rafael Uribe Noguera, el presunto asesino de Yuliana, y los pedófilos que en cualquier lugar del mundo cometen crueles delitos contra niños. Pero estos comportamientos –aunque tienen carácter secreto y cierta índole vergonzosa, pues para el agresor representan el desacato a una ley que saben que existe, y que profanan– parecerían multiplicarse en países como el nuestro, donde la ley no opera adecuadamente, generando impunidad. Sin el temor a la sanción se desbordan los instintos retorcidos, y en el hombre se acrecienta el bárbaro que lleva dentro. ¿Acaso son estos hechos cuestión de educación, de condiciones socioeconómicas o efectos de la violencia que golpea a los pueblos? Yo diría que no; que, si bien en algunos casos un pedófilo asesino pudiera perfilarse por afectos de este tipo, la mayor parte de las veces obedece a anomalías de la personalidad que lo incitan a hacer daño, y la responsabilidad que atañe a Colombia frente a estos eventos nauseabundos reposa en que su sistema judicial consiga que esa utopía llamada justicia pueda revelarse como algo real.

“Muchas veces las leyes son como las telarañas: los insectos pequeños quedan prendidos en ellas; los grandes la rompen”. Esta frase, atribuida al filósofo Anacarsis, resume lo que hoy palpita en el corazón de los colombianos. Una vez perpetrado el acto de un depravado contra una niña indefensa, el único paliativo para el dolor de la sociedad es el castigo al culpable, pero la justicia nuestra, fatalmente penetrada por la corrupción, el tráfico de influencias, el soborno y la extorsión, es causa de permanente frustración para los ciudadanos. Fundamentalmente porque hemos visto desarrollarse una cofradía de juristas expertos en defender lo indefendible. Es obvio que un abogado está obligado a realizar la defensa jurídica de un presunto criminal; que incluso al acusado más siniestro el Estado debe garantizarle el derecho a la presunción de inocencia, sin embargo, yo acá, en mis cavilaciones recoletas, no dejo de preguntarme ¿cómo harán para dormir tranquilos los señores que han elegido representar a reconocidos criminales, aún conscientes de su culpabilidad? Son los llamados abogados del diablo; en Colombia los conocemos porque son muy prestigiosos… y bastante solicitados. 

berthicaramos@gmail.com

Imagen de lsolano

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