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Actualizado hace 1 años

Loochkartt

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Te leo

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Letra Clave acaba de publicar un gran libro sobre el artista.

Cada vez que miren el cuadro (y ahora les quedará fácil hacerlo, pues está impecablemente reproducido en un libro), el hombre y la mujer recuperarán aquella hermosa tarde o noche que compartieron en torno a una mesa de cristal (una pequeña mesa redonda como un plenilunio de tamaño humano, portátil) en la terraza de un café de la Avenida Lexington. ¿Tarde o noche? Sólo ellos lo saben; el espectador debe quedarse en esa incertidumbre que es la exacta correspondencia mental de la deliberada indefinición material en que se ha resuelto la escena.

En todo caso, una vez que la imagen de la tela se filtre por sus ojos, aquel momento, aquel encuentro casual o convenido volverá a cobrar vida en el corazón de ambos. Volverán a resonar allí, en el corazón, el rumor cálido de los transeúntes, el concierto desacordado de los cláxones de los carros, alguna delicada música procedente del interior del café; volverán a encenderse allí, en el corazón, la luz de la hora (de la tarde o de la noche), los colores de los avisos de neón, los reflejos de los vastos espejos de los rascacielos circundantes.

El hombre parece ser el pintor mismo. Se le reconoce por su obediente boína, su habitual puro humeante, su cuerpo delgado, la manera de cruzar las piernas. Por cierto, ella también tiene las piernas cruzadas, pero de un modo opuesto, pues si la pierna que, en el caso de él, está encima de la otra es la derecha, en el caso de ella es la izquierda. ¿Indicio de que aspiran a que su relación sea simétrica?

Bueno, a este respecto hay que decir que, no obstante que ocupa un plano un tanto posterior al de él, ella destaca más: por su porte más robusto, sus pechos rotundos, la posición enhiesta de su cuerpo sobre la silla Thonet, la posición enhiesta de su cara sobre su mano. El hombre, además de ser más delgado, huesudo, está levemente inclinado hacia atrás, un poco echado sobre el respaldo del banco. 

Sin embargo, esta preeminencia física de ella está compensada por la iniciativa de él en el diálogo. Él, en efecto, parece ser quien conduce la palabra, mientras ella, pasiva, receptiva, sólo lo escucha. 

Su relación, en suma, resulta equilibrada, lo que es refrendado por la actitud pareja de uno y otro respecto a las posibilidades de disfrute que ofrece el momento: ambos fuman, ambos beben, ambos aprovechan el ocio a plenitud. 

En esa igual disposición vital de los dos hacia el hedonismo (“¡Gocemos con toda placidez el momento mientras Manhattan se precipita en sus afanes!”), parece residir la esencia del cuadro, que sería por ello una suerte de versión urbana de otro espléndido óleo, el famoso Lujo, calma y voluptuosidad, de Henri Matisse.

Pero éste de que he venido hablando se llama sencillamente Café italiano, Lexington Ave. New York y puede verse en el estupendo libro Loochkartt, retratos de Ángel, de la autoría de Álvaro Suescún, que acaba de publicar el sello Letra Clave. El libro contiene, en magníficas reproducciones, una muestra panorámica de la obra del maestro expresionista barranquillero, acompañada de numerosas notas críticas.

Imagen de adriana.puentes

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