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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 meses

Las niñas perdidas

La primera vez que vi el rostro de Karina fue en un cartel que estaba pegado en un poste frente a la Universidad de Cartagena. Estuve largo tiempo viendo su imagen dibujada con tinta negra borrosa. Me grabé su cara hasta el punto de sentir que la conocía, de imaginar su manera de hablar y de sonreír. Esta obsesión por las niñas y mujeres desaparecidas me empezó mucho antes, mucho antes de la desaparición de Karina. Fue quizá hace más de veinte años cuando estaba frente al televisor viendo uno de esos programas regulares de uno de los canales privados de la televisión nacional. Entrevistaban a una mujer a la que le habían robado a su niña. Había desaparecido de su calle, de la calle donde estaba su casa, de su propia cuadra, cuando jugaba con unos niños vecinos. Nunca más la volvió a ver y al momento del programa habían pasado varios años, cinco o seis, quizá. 

Mucho tiempo después de la desaparición de su hija, contaba la desconsolada señora, recibió una llamada. Sonó el teléfono de la casa y ella, desprevenida, contestó. La voz del otro lado de la bocina le pedía ayuda. “Ven a buscarme, mamá”, le dijo. “¿Dónde estás?”, preguntó la angustiada madre. “En una finca, no sé dónde, hay hombres armados…” y la llamada se cortó. Contaba la señora que esperó por meses –que se convirtieron en años– nuevamente la llamada de su hija, pero eso nunca pasó. Me atrevería a decir que es una de las historias más crueles que he escuchado. El relato permitía comprender la dimensión de la tragedia.

La Semana Santa de 2016, cuando desapareció Seiry Palencia de Maicao, volví a pensar en la mujer del programa de televisión. Seiry tenía 11 años y también la desaparecieron de su vecindario. Han pasado dos años y de Seiry tampoco se sabe nada.

Cinco años después de la desaparición de Karina, conocí a su familia. Si van a la casa de una desaparecida, se darán cuenta de que por mucho que se acomoden los muebles, crezcan los niños y pinten las paredes, siempre serán familias marcadas por la ausencia, por la incertidumbre y la esperanza. Esa esperanza que duele, que aparece con las fantasías de reencuentro en los sueños, que ata cabos todo el tiempo, que busca a su desaparecida en todas las ingenuas señales del universo.

Me contaron que pocos días después de la desaparición de Karina recibieron una llamada que los condujo hasta uno de los bares del sector Bomba del Amparo, en Cartagena. El mismo sector donde la Fiscalía acaba de vincular a algunos establecimientos a una poderosa red de trata de mujeres. Quizá no sea una coincidencia. En aquel momento, cuando la familia se dirigió hasta el lugar, encontraron a un vendedor de café que aseguró haberla visto salir con un hombre mayor. Según aquel testigo, parecía enajenada, como bajo efectos de alguna sustancia. 

Karina Cabarcas salió de su casa el 20 de junio de 2011, hace 7 años. Tenía 19 años, hoy, en algún lugar, debe tener 26.

@ayolaclaudia
ayolaclaudia1@gmail.com

Imagen de jesika.millano

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