Columnas de opinión
Actualizado hace 4 meses

Envase o contenido

Hace varios años en un viaje a Bélgica en que visité a mi nieto Orlando, lo acompañé a un centro médico, junto a mi hija, y cuando esperábamos en la sala se abrió la puerta de acceso del consultorio y entró el médico con una bicicleta en sus manos, saludando con cariño a sus pacientes. Ella me comentó que esto allí no era mal visto, aunque la misma situación en nuestra ciudad podría ser descalificada o asumida como signo de mala calidad profesional y pobreza.

Esta anécdota volvió a mi cabeza el fin de semana anterior, cuando llegué a un conjunto residencial, acompañado de mi pareja —una mujer de estilo muy sencillo al vestir, que no acostumbra a maquillarse ni ostentar—, y el portero me preguntó si era una empleada, le contesté: Es mi señora, ¿por qué lo dudas?, y me dijo: “No viste como las doñas de aquí”.

Estos son los llamados estereotipos sociales en los que se suele encuadrar automáticamente a pobres y ricos, exitosos y fracasados, felices e infelices, etc., tan solo con una primera mirada a su apariencia física, a lo sencillo o fastuoso de su vestuario o a sus posesiones como joyas, automóviles lujosos, etc.

De esta manera, buena parte de la humanidad define y juzga a los demás sin siquiera escuchar su voz y pensamiento o darse la oportunidad de conocerlos para formarse una opinión de ellos. En sociedades guiadas por el consumismo y el materialismo, el orden comercial establece el estilo de vida de la gente y, por ello, los que no se ajustan a esos patrones son subvalorados. Por su aspecto se determina si alguien es merecedor de atención, si puede ascender en el empleo e, inclusive, si es digno de la amistad y el amor.

El médico que se transporta en bicicleta en Bélgica es un excelso galeno por su conocimiento científico y experiencia, no por el BMW o el Audi que —creemos lógico— debe tener. El portero me comentó que se equivocó porque para él quienes visten con ropa costosa y lucen una apariencia fina y fastuosa son los ‘patrones’ o ‘doctores’.

Más allá de la riqueza económica, el aspecto físico, el vestuario y los lujos, la verdadera valía personal radica en los valores, principios y en la forma como se relacione con sus conciudadanos. Igualmente, la madurez de una sociedad está en el reconocimiento de los derechos a todos sus miembros y en poder superar preconcepciones, asegurar tolerancia y respeto por las diferencias; a partir de ahí será posible construir espacios de convivencia social en los que impere el aprecio por los valores y la dignidad humana.

El vendedor ambulante de empanadas debe tener la oportunidad de ser apreciado, así como los profesionales, el rector de una universidad o el directivo empresarial, y no dudo de lo provechoso que sea conocer su visión de la vida pues no por dedicarse al comercio informal puede decirse que no sea feliz o no haya triunfado. Dejemos de valorar el envase y pasemos a mirar el contenido, ya que nos estamos perdiendo de conocer, vivir y apreciar la diversidad de la identidad humana.

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