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Opinión

Cógela suave

Un día apareció un virus y el mundo debió frenar bruscamente. Ya no había que usar autos y aviones, no podíamos ir a restaurantes, discotecas y hoteles, ni siquiera ver jugar al Júnior. Tuvimos que cambiar drásticamente nuestra relación con el espacio y el tiempo. 

Como muchas personas, le rendía culto a la velocidad. Quería estar en todas partes, hacer muchas cosas a la vez, trabajaba doce o más horas diarias, y sentía que el tiempo no me alcanzaba. Sufría cuando personas que trabajaban conmigo no tenían mi ritmo, y me molestaba cuando alguien decía la típica frase “cógela suave”.

El significado de “cógela suave” es hacer algo con calma, sin apuro, tranquilo como si el tiempo no importara. Este estilo de vida es lo opuesto al que hoy se exige. A partir de los años 60, la relación con el tiempo cambió: vivimos en la era de la velocidad. "El tiempo es oro", como nos decía Benjamín Franklin, hay que llegar primero y, como en la metáfora de la bicicleta, hay que pedalear y pedalear rápido: el que se detiene se cae. Este culto loco de la humanidad por ir a la máxima velocidad nos ha llenado de angustia, no solo por el temor al fracaso, sino también por las exigencias que nos impone. 

Hoy vemos casos catastróficos como Estados Unidos, campeón de la velocidad. Un informe señala que en el último año murieron cien mil personas por sobredosis, que ha sido el camino equivocado de millones de individuos que consumen drogas para encontrar calma y tranquilidad, sumado a una gran cantidad de nuevos trastornos psicofisiológicos desencadenados por el estrés, la úlcera péptica, el colon irritable, la obesidad, la anorexia, el asma y las enfermedades coronarias.

Hace algunos años cambió mi relación con el tiempo. Leí el libro Elogio de la lentitud de Carl Honore, quien con ejemplos sencillos de la vida diaria me enseñó el alto precio que pagamos por mantenernos en un sistema de vida vertiginoso y descontrolado. Mientras un italiano demora dos horas en almorzar, una famosa cadena de hamburguesas en Estados Unidos estableció que en doce minutos una persona que entrara a una de sus instalaciones debía hacer el pedido, pagarlo, entregárselo y comérselo. Hasta la comida se volvió rápida. 

Este autor, que es un defensor de la lentitud, nos enseña a vivir con más sosiego, calmando nuestras ambiciones con una vida más plena.

Un día apareció un virus y el mundo debió frenar bruscamente. Ya no había que usar autos y aviones, no podíamos ir a restaurantes, discotecas y hoteles, ni siquiera ver jugar al Júnior. Tuvimos que cambiar drásticamente nuestra relación con el espacio y el tiempo. Se acabaron las visitas a los centros comerciales y las fiestas, el hogar era el único lugar seguro. Pero nuevamente estamos empezando a acelerarnos. “La nueva normalidad” es volver al culto a la velocidad, al consumo desmedido tan necesario para la sobrevivencia del sistema.

Esta columna surgió leyendo un artículo de un economista europeo que señalaba que la mejor manera de salvarnos del cambio climático es relentizando la economía, porque la amenaza de destrucción del hábitat no son los aviones ni los autos ni las industrias. El verdadero peligro es la vida acelerada que vivimos donde necesitamos producir más para gastar más en necesidades artificiales. Dicen que todo conocimiento del sentido común tiene su sabiduría. El “cógela suave” es lo que están recomendando algunos sabios para salvar el planeta.

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