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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Venganza a cuchillo

Armando José Castro cumplió su amenaza. Para vengarse del abandono de Kenede Vega, la madre de sus tres hijos, y como se negó al sexo esperanzador de la reconciliación, le arrancó el cuero cabelludo con un cuchillo de cocina, como si se tratase de un ritual de guerreros apalaches. La dejó desangrándose en el suelo, denigrada, agonizante y profundamente sola. Para él, que sabe mucho de fútbol y de teléfonos celulares, su expareja no es un ser humano.

La violencia derivada de la incapacidad masculina para aceptar el rechazo de las mujeres es unos de los tantos problemas irresolutos de la sociedad colombiana.

Las agresiones de los hombres heridos en su ego en contra de sus parejas y exparejas se estiman, según cifras del Ministerio de Salud, en 72 casos diarios, es decir, 26.280 al año, sin contar los que no llegan a atenderse en hospitales y clínicas. Si tenemos en cuenta que 28.700 personas fueron infectadas con el virus del ébola en todo el mundo entre 2014 y 2016, no es exagerado afirmar que en Colombia la violencia de pareja es un grave problema de salud pública, una epidemia, una plaga.

Esta enfermedad social se alimenta de la convicción masculina según la cual las mujeres son propiedades, apéndices, objetos, trofeos, y no es posible erradicarla con una vacuna milagrosa. Las condenas judiciales, los escarnios y el activismo feminista, con su terminología antropológica y sus maneras muchas veces extremistas, seguirán siendo insuficientes si no se ataca el origen profundo del problema: la combinación letal entre el machismo y la naturalización de la violencia como herramienta principal de la resolución de conflictos, dos de las características que definen nuestra cultura, heredadas como valores tácitos, de generación en generación.

Como muchas veces se ha dicho, la violencia contra la mujer debe enfrentarse a través de una política pública seria, constante y a largo plazo, que implique un componente educativo, ejecutado desde el nivel preescolar, que tenga como prioridad elementos como las cátedras obligatorias sobre género y la promoción de escuelas mixtas. Si el Estado se compromete con la enorme tarea de cambiar el talante inmoral y depredador de los colombianos en lugar de prometer penas severas, modificar términos jurídicos, añadir artículos del Código Penal o sumarse a la indignación pública de las redes sociales, tal vez en un par de generaciones podremos empezar a notar cambios importantes.

Los médicos creen que las heridas físicas de Kendi, como le gusta que la llamen, sanarán; las cicatrices quedarán ocultas bajo el cabello que volverá a crecer hasta cubrir sus hombros. Pero de las otras marcas, las del corazón, las del alma, las de la dignidad pisoteada por el hombre que algún día amó tanto, no se repondrá jamás. Una parte de ella se quedó en el pelo arrancado por la furia de un hombre que todos nosotros, con nuestro silencio y nuestra indolencia, ayudamos a parir, a criar y a convertir en un salvaje que venga su honor de macho abandonado como los antiguos guerreros apalaches.

@desdelelfrio

Imagen de jesika.millano
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