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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

Corronchos

En el interior del país, en virtud del carácter dinámico y económico del lenguaje, se suelen definir a los costeños del norte –a los caribeños– con el calificativo de “corroncho”, un epíteto desdeñoso y peregrino que ha contribuido a distorsionar la imagen que el país tiene de toda una región. 

No es exagerado decir que este prototipo fabulado del hombre bullicioso, imprudente, fiestero e irresponsable ha contribuido a justificar, por ejemplo, el papel secundario que los andinos le han permitido al Caribe en casi todas las decisiones importantes del país: según la antigua noticia falsa inoculada por los cachacos en la conciencia colectiva colombiana, el costeño, el “corroncho”, es un discapacitado moral e intelectual a quien no se le puede confiar casi nada, salvo la organización de fiestas y maquinarias electorales.   

Sin embargo, la torpeza –o viveza– verbal de los habitantes de las montañas no supone que los corronchos no existan. Existen, no solo en el Caribe colombiano, sino en todo el mundo, y se pueden definir como personas ordinarias, incultas, de modales toscos. Esta precisión semántica anula la generalización y nos permite identificar a la corronchería, con una precisión de cirujano, en todas las clases sociales.

Hechas las aclaraciones del caso podemos regodearnos en el morboso, divertido y necesario ejercicio de atestiguar a los corronchos verdaderos de la Costa Caribe, a través de la observación de algunas de sus conductas públicas: exhibir, con el infalible método del registro en video, fajos de billetes guardados en bolsas de papel; publicar en redes sociales la obsesión fetichista por un Lamborghini Huracán; hacer patinar las llantas del mencionado vehículo de 200 mil dólares sobre el inapropiado asfalto de la calle 84; destrozar el vestíbulo de un lujoso edificio en medio de una riña impresentable, justificada en que “pusieron en duda mi hombría”; publicar y distribuir jornadas de divertimento veraniego a bordo de un yate; gestionar la publicación de sus actividades sociales en las secciones correspondientes de periódicos y revistas. 

Estos comportamientos, que parecen sacados de algún manual del pésimo gusto, nos recuerdan los episodios de corronchería protagonizados recientemente por un prestigioso abogado cordobés que no tuvo reparos al presumir de sus viajes en aviones privados, o en felicitar públicamente al presidente electo, parapetado detrás de una larga mesa en la que previamente había ordenado en fila india cerca de una decena de botellas de los más finos whiskys, la mayoría de cuyas marcas no es capaz de pronunciar. 

Así que los corronchos y sus toscas formas, las cuales simbolizan mucho más que la fantochería que se puede apreciar en la superficie, se las han arreglado para establecerse en los lugares más privilegiados de la sociedad, desde donde negocian, influyen, intrigan, amasan fortunas y, por supuesto, multiplican su particular estilo de vida.

En el Caribe en general, y en Barranquilla en particular, estos corronchos adinerados han ido desplazando poco a poco a las decadentes familias tradicionales que en el pasado eran las dueñas de todo y de todos, las cuales, aunque no eran precisamente un dechado de virtudes, al menos sabían que es de mala educación masticar la comida con la boca abierta. 

@desdeelfrio

Imagen de jesika.millano

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