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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Una historia de la calle Caponata

Versión libre de una anécdota contada por Gonzalo García.

Gabriel García Márquez, escritor de 41 años, terminó una nueva jornada de trabajo frente a su máquina de escribir. Eran las dos de la tarde de un viernes de otoño y la temperatura era agradable, incluso un tanto fría, como cabía esperar de esa estación en Barcelona. La novela (cuyo título de trabajo era El ocaso del patriarca) avanzaba con dificultad, pero avanzaba. A comienzos de aquel año, 1968, había empezado a reescribirla prácticamente de cero, pues las 300 cuartillas que había traído de México no le habían gustado en absoluto. 

El fruto de su labor de ese día se limitaba a tres páginas, que era lo que a la larga había resultado útil después de haber borroneado y corregido unas 15, pero se sentía satisfecho con el resultado. Las 15 páginas desechadas se sumaron a un abultado rimero de hojas que se había acumulado desde varios días atrás. Contempló el montón de papeles y de pronto se le ocurrió una idea. Tal idea, a su vez, sin que él fuera del todo consciente de ello, había surgido del hecho de que un momento antes había reparado en que durante todo el día no había visto a sus dos pequeños hijos y en que, además, esa falta de contacto con ellos había sido la tónica de toda esa semana que ya se acercaba a su fin. La cuestión es que se sintió un poco culpable y, como una certera salida a esta sensación, destelló en su cabeza la ocurrencia de llamarlos a ambos para proponerles lo que él consideraba sin duda un juego que les resultaría divertido: romper una por una las muchas cuartillas de los borradores eliminados.

Los llamó, en efecto, alzando apenas la voz. No necesitó hacerlo una segunda vez porque Rodrigo, de nueve años, y Gonzalo, de seis, acudieron de inmediato a su presencia. Después de abrazarlos y de responder a una seguidilla de preguntas que le hicieron, les propuso el juego. Vio con alegría que los chicos lo aprobaron y lo acogieron con entusiasmo, de modo que, sin perder tiempo, dividió el rimero de hojas en dos mitades más o menos iguales y le dio una a cada uno. Rodrigo y Gonzalo emprendieron enseguida su tanática diversión.

Mientras rompían con celeridad el papel y se miraban el uno al otro riéndose, a veces tomando dos y hasta tres folios a la vez, García Márquez, con expresión feliz, los estimulaba con gestos, frases e interjecciones de aliento. Cuando comprobó que el juego marchaba por sí solo con fluidez, se distrajo de él por un buen rato, ocupándose en otras cosas, incluido volver a leer las tres páginas que el trabajo había rendido aquel viernes. En ningún momento dejó de percibir las risas y las voces jubilosas de los niños, que sonaban al fondo. Por fin, volvió a ocuparse de ellos y se dio cuenta de que ya habían reducido a trizas irregulares casi todo el material que les había dado. Un momento después, cuando se puso a recoger los pedacitos de papel para arrojarlos a la caneca, se percató de que habían rasgado también parte del material que él no les había dado. Alarmado, les gritó que pararan de inmediato el juego, que ya a todas luces había dejado de ser un juego, según lo notaron los niños en la cara que puso. 

A medida que García Márquez iba detallando las páginas buenas que sus hijos habían trizado, mascullaba frases de lamento y de reproche. “¡Mierda, pero qué es lo que han hecho!”, decía, encabronado.

Rodrigo y Gonzalo se quedaron con las manos quietas, sin saber qué hacer con ellas, sumidos ya en un preocupado silencio. Sobreponiéndose al percance y a la irritación, su padre pensó que el juego podía continuar, sólo que invirtiendo por completo sus reglas: se trataría ahora de volver a armar las páginas de valor destrozadas. De hecho, era un reto más difícil y, por tanto, más divertido. Así que los niños empezaron a juntar un pedazo con otro y los dejaban yuxtapuestos sólo cuando verificaban que los fragmentos de palabras encajaban entre sí; el propio escritor actuaba como árbitro, pues los chicos le pedían que aprobara o no cada ensamble. Con su humor recuperado, el hombre de espesa melena ensortijada y enorme mostacho esbozó una sonrisa pensativa, mientras reflexionaba que eso que ahora hacían sus hijos, armar un rompecabezas de palabras, era justamente la ardua labor que le esperaba a él por los próximos cuatro o cinco años.

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