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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Un cuento para leer antes de pitos

Estaba haciendo un tiempo tan espléndido dentro de la casa aquella mañana, con sus ventanas rebosantes de luz, y en particular en el cuarto de huéspedes –donde nos hallábamos conversando en aquel momento aprovechando la falta de invitado alguno–, que nos sorprendió por completo que de pronto empezara a llover allí.

–¡Qué vaina con estas lluvias! –dijo mi padre.

Con fastidio, él, mi hermano mayor y yo tuvimos que salir de inmediato y refugiarnos en la sala de estar, no sin antes cubrir la cama, la consola de madera y los tres pufs de terciopelo donde estábamos sentados con las gruesas lonas dispuestas habitualmente para ese fin. (Cada uno de esos muebles, por cierto, como todos los demás de la casa, se asentaban en una plataforma flotante de polietileno). 

Pero era curioso que todavía nos sorprendiéramos, ya que una habitación podía estar soleada y cálida como un día de playa y nada de raro tenía que irrumpiese en ella la lluvia. Por lo menos aquella vez sólo llovió en el cuarto de huéspedes. Otras veces era al revés: llovía en todas las habitaciones, salvo en una. Y era entonces en esa providencial habitación seca, aunque se tratara del mismísimo cuarto de baño, donde nos tocaba guarecernos a todos, es decir, apiñarnos a todos, ya que éramos siete en la familia. 

Pero había ocasiones peores en que llovía en todas las habitaciones sin excepción alguna, quiero decir, en toda la condenada casa. En tales casos, había que refugiarse en la calle, donde por fortuna podía suceder –y de hecho sucedía muchas veces– que no cayera entonces una sola gota del cielo.

Era común ver a todo un grupo familiar reunido en el porche y en el antejardín de una casa, o a veces en la misma acera, ya en silencio y en actitud de espera, ya conversando sin mayor animación. A los vecinos o a cualquier transeúnte que pasara en ese momento, nos bastaba mirarlos para saber que estaba lloviendo en el interior completo de su vivienda. Recuerdo que una noche, ya pasadas las nueve, eso les sucedió, por ejemplo, a los Cantillo, que vivían en frente de nosotros. Estábamos sentados en el porche y los vimos salir de repente apresurados. Nos recogimos una hora después y nos fuimos todos a la cama, pero mientras estuve despierto, seguí oyendo su impaciente murmurar allá afuera. 

Cuando llovía en toda la casa, había que esperar afuera todavía una media hora más en promedio después de que cesara la lluvia, pues ése era el tiempo que requería el eficiente sistema de desagüe pluvial interior con que contaba cada residencia y edificación para drenar hasta el último charco del agua acumulada adentro.

No era frecuente, pero sí ocurría alguna que otra vez, que toda la cuadra se viera ocupada de pronto por una multitud de personas, como si se fuera a celebrar alguna concentración civil, digamos un mitin, o de otro tipo, un bazar o algo así. La razón era que, para incomodidad e irritación de la mayoría y para indiferencia de los menos, estaba lloviendo dentro de todas las casas de nuestra calle e incluso dentro de algunas de las calles contiguas. Eran las llamadas “lluvias comunales”.

Desde luego, no faltaban las ocasiones en que se conjuntaban la lluvia comunal y la lluvia a cielo abierto. Era la lluvia llena, que era la que todos, ahí sí con unanimidad, detestábamos e incluso maldecíamos, salvo algunos niños. Entonces unos salíamos a la calle, otros se quedaban en la casa, protegiéndonos con las gruesas lonas o resignándonos al baño total.

Una tarde, mi madre llegó a casa de muy malhumor, y razón no le faltaba: estaba empapada de pies a cabeza. Un tío que estaba en aquel momento acodado a la ventana, disfrutando del maravilloso cielo azul y de la brisa que corría del río, se asombró al abrirle la puerta.

–¿Qué te pasó? –le preguntó.

–¿Qué va a ser? –dijo mi madre–. Venía en el bus y, a cinco cuadras de aquí, se desmandó semejante aguacero dentro del vehículo.

Este percance ocurría también muy poco, pero mi madre recordó que era la segunda vez que le pasaba en el último año.

Yo oía decir que en otras ciudades nunca llovía en el interior de las casas, ni de las oficinas, ni de las bodegas, ni de los almacenes, ni de los vehículos, salvo que hubiera agujeros o grietas en los techos o las paredes, caso en el cual se formaba lo que –según me lo explicó mi tío una vez– llamaban por allá “goteras”. A mí, la verdad, todo eso me sonaba muy extraño, casi como si me hablaran de otro mundo, de un mundo arcádico y perfecto. ¡Hasta me decían que cuando llovía a cielo abierto la gente conjuraba todo riesgo de mojarse con el uso de paraguas! Yo suponía que ‘paraguas’ era otra forma de llamar una lona, pero un día le pregunté a mi tío qué era un paraguas y, al contrario de lo acostumbrado –que mí tío se interesara, se inclinara hacia mí y se explayara en una explicación erudita y minuciosa–, me evadió con un rictus extraño en la cara. Entendí que no debía volver a preguntarle más por ese extraño artefacto. 

Mi hermano mayor me contó que una tarde lo sorprendió una llovizna dentro de la habitación de un motel, mientras hacía el amor con su novia, y que para ellos fue un evento propicio, feliz, que no sólo hizo más intenso el placer, sino que además alborotó la sensibilidad y la imaginación de sus cuerpos. Todavía se le notaba un borboteo en sus ojos negros cuando me lo refería.

Yo pensaba muchas veces en esa experiencia de mi hermano y anhelaba el día en que quizá, con suerte, a mí también me ocurriría cuando tuviese su edad. Mientras eso llegaba, tenía por lo pronto mi propia aventura para contar. Mi propia fiesta loca. Había tenido lugar una mañana de abril y para mí fue inolvidable. Estaba empezado a ducharme cuando se descargó un aguacero en el interior del cuarto de baño.

¡Permanecí saltando, ululando y cantando como una hora por todo el embaldosado blanco bajo el tupido torrente en el cual hasta mi propio cuerpo, no obstante que refulgía de alborozo, perdía sus contornos, se difuminaba! 

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