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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

(Risas)

La compleja gama de posiciones humanas respecto a la risa.

Gwynplaine, el personaje de Víctor Hugo condenado a una risa perpetua, es desde luego una suerte de monstruo. Una persona que no riera jamás también lo sería. 

Entre estos dos individuos imaginarios, hay una compleja gama de posiciones humanas reales respecto a la risa. Hay, por ejemplo, los que sólo son capaces de insinuar apenas una sonrisa, con mayor o menor frecuencia. Y entre los sonrientes discretos, hay un grupo especial que de vez en cuando se desatan en una risa franca. Están, por otro lado, los de risa fácil, que no tienen inconveniente en ceder sin restricción alguna a la carcajada abierta, expansiva, sísmica; suelen contagiar con su vitalísimo gesto a los demás. 

Pero no siempre hay que fiarse del sujeto de risa fácil. Cierto personaje del magnífico cuento ‘Relato de don Miguel’, de José Félix Fuenmayor, es “un individuo (…) juguetón y de risa fácil, que, riendo tan abierto como reía, desacreditaba la general creencia de que un alegre reír revela un buen natural”; tanto la desacreditaba que la persistencia de su jocosidad, que en su aparente alegría ocultaba un impulso maligno, acabó provocando una tragedia en la que la víctima mortal fue él mismo. ¡Ay, la risa como búmeran!

“La sonrisa es divina, la risa humana, la carcajada animal”, sentencia un aforismo de Nicolás Gómez Dávila, que no hace sino confirmar un viejo prejuicio: cuanto más comedida, tanto más denota la risa superioridad espiritual. De ello se infiere que ya el no reír en absoluto sería la expresión de la más alta y pura divinidad. 

En la Edad Media, ciertamente, una corriente teológica defendía que los labios de Jesús de Nazaret nunca se “rebajaron” a la risa, que “es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne”, tal como dice Jorge de Burgos, el monje y bibliotecario benedictino que, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco (novela que recrea ampliamente esta cuestión) unta de veneno el libro de Aristóteles que “eleva a arte” la risa y “la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología”, con el fin de que quien pretenda leerlo muera, y logra con ello, en efecto, causar la muerte de varios monjes curiosos de una abadía.

Maldoror, el extraño y misántropo personaje decimonónico del Conde de Lautréamont, también abomina de la risa, a la que considera una “vergonzosa renuncia a la humana nobleza”. Reconociendo que no sabe reír pese a haberlo intentado en diversas oportunidades, Maldoror desprecia la risa porque “toma por una miserable salida ingeniosa lo que no es, la mayoría de las veces (…), sino una verdad importante proclamada solemnemente”. Incluso, no le parece que “las proposiciones más bufonescas” sean “motivo suficientemente perentorio para ensanchar la boca”. Y a quien le arguye: “No puedo contener la risa”, le contesta: “Acepto esa explicación absurda, pero entonces que sea una risa melancólica. Reíd, pero llorando al mismo tiempo. Si no podéis llorar con los ojos, llorad con la boca”. 

Creo, a despecho del montevideano, y sin rechazar la risa melancólica, que hay otra risa digna de ejercitarse: la que desnuda la flagrante naturaleza falaz de lo que, también solemnemente, se proclama a menudo como importantes verdades. Creo, asimismo, que los solitarios lobos de las estepas, con sus amargas caras de penitentes, han de “aprender a reír”, siguiendo el consejo que les da el jovial Amadeus.

Señor intelectual grave y circunspecto: Héctor Lavoe tiene el gusto de invitarlo a reír un poco. Ríase aunque sea solo, sin motivo alguno (como un niño recién nacido), o recordando algunas de sus picardías, que debe tenerlas. Nadie está más vivo que quien está muerto de la risa.

Coletilla

Dicho todo lo anterior, hay que preguntarse ahora si las cosas que están sucediendo por estos pagos justificarían la risa, cualquier risa.

Imagen de jesika.millano
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