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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

La venganza del cerdo

Desde tiempos remotos, el hombre hizo del cerdo una de sus víctimas favoritas. Además de declararlo su alimento y, por tanto, objetivo irredimible de su acción depredadora y de su cultivado apetito, lo sometió a uno de los más infames procesos de maltrato moral que se conozcan en la Tierra. 

No le bastó, en efecto, con reducirlo a jamón, tocino y otras meras referencias gastronómicas, sino que además desoló su autoestima, formándose de él toda suerte de imágenes denigrantes: lo caracterizó como un ser asqueroso, sucio, carente del menor sentido de la higiene y del gusto, grosero, zafio, lascivo, despreciable, feo, tonto. Convirtió su nombre en una de las mayores injurias para ofender a sus propios semejantes. 

Desde entonces, al cerdo le ha tocado oír y ver a lo largo de los siglos cómo la palabra que designa su especie, así como las otras sinónimas de ella, han sido siempre emitidas por el hombre con una expresión de asco, repudio o ira para dirigirse o referirse a otro hombre, y ha observado que la reacción de cada receptor de esos vocablos ha sido siempre de indignación y protesta, como si se le hubiera lanzado la peor maldición. 

“¡Cerdo desgraciado!”. “Lárgate de aquí, puerco!”. “¡No me hables de ese cerdo!”. “¡Qué asco, comes como un cerdo!”. “¡El muy marrano ya olvidó los favores que le hice!”. “El precio depende del marrano”. “¡Cochino, lávate las manos!”. “¡Hijuepuerca!”. “¡Cabeza de puerco!”. “¡Este cerdo merece podrirse en la cárcel!”. “¡Denuncia a tu cerdo!”. “¡Tú fuiste el cerdo que abusó de mí!”.

Y no han sido sólo personas del montón, escasas de seso y sensibilidad, las que han usado el nombre del cerdo con el mayor valor peyorativo posible. No: el noble paquidermo recuerda haber llorado de amargura la vez en que Cicerón, aquel ilustrísimo señor romano, para ofender a un rival político, le dijo que era un epicúreo “salido de una porqueriza, no de una escuela”.

Mucho tiempo después, otro caballero eminente, George Orwell, escribió un “cuento de hadas” (¡así lo llamó!) cuya trama en principio enorgulleció al cerdo, pues en ella lidera una rebelión de los animales contra el malvado ser humano, de modo que aquéllos se libran de éste y se gobiernan a sí mismos, instaurando una sociedad feliz hasta que el cerdo, que acaba adquiriendo los mismos vicios del ‘Sapiens’, sojuzga a los demás animales y se convierte en un terrible y desleal tirano. Apesadumbrado, el cerdo se dijo entonces a sí mismo: “De todos los animales, este inglés me escogió justo a mí para simbolizar lo que para ellos es abominable”.

 Abrumado por tanto desprecio, el cerdo decidió un día defenderse, mostrar algo de dignidad.  Abordó al hombre y le dijo: 

–Te avergüenzas de mí. Me consideras metáfora de lo peor. Ya verás que algún día te arrepentirás.

El hombre no dio importancia alguna a esta advertencia y, por el contrario, se rió burlonamente en la cara del cerdo. Pasaron los años. Un día, el hombre, gracias a las sofisticadas investigaciones a que es tan dado, empezó a descubrir poco a poco que el cerdo era anatómica, fisiológica y genéticamente muy parecido a él.  Aprovechó eso en beneficio de su propia salud. Extrajo sucesiva y gradualmente moléculas, hormonas y células del cuerpo del cerdo y se las inyectó o implantó en el suyo, remediando así múltiples enfermedades. Con el paso del tiempo, este proceso de explotación clínica del cerdo ha alcanzado tales avances que muy pronto los seres humanos no sólo reemplazarán sus riñones averiados por riñones de cerdo, sino su mismísimo corazón por el corazón del cerdo. La bestia vituperada latirá en su pecho. El hombre se enamorará con un noble y tierno corazón de marrano. 

Entonces, un día, al verlo pasearse por un parque, feliz y sonriente, henchido de amor, tomado de la mano con su adorada pareja, el cerdo se le acercará al hombre y le gruñirá con sorna al oído: 

–Ahora que eres también un cerdo, dime, ¿qué piensas de mí?

 

Imagen de jesika.millano
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