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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 meses

La recompensa del maquinuscreador

Diez años después de la prematura muerte de Rafael Salcedo Castañeda –“El cienaguero ilustre”, cuya ausencia todavía no terminamos de lamentar sus amigos–, un libro publicado apenas el año pasado por Collage Editores y del cual se hizo una nueva presentación anoche en la Biblioteca Piloto del Caribe nos ofrece una nueva faceta de su trabajo con la palabra escrita: la de cuentista.

Se trata de Digamos que cuentos, volumen póstumo que reúne 26 narraciones escritas en distintas épocas, pero en las que, según informa una nota de la solapa, estuvo trabajando hasta pocos días antes de su fallecimiento el 15 de enero de 2008. Son todas más bien breves piezas; algunas incluso ocupan sólo media página o apenas rebasan la página completa. Esta cortedad de su extensión, me parece, tiene que ver mucho con una característica esencial de este trabajo de la cual era consciente su autor, tal como lo revela el título que él eligió para el libro.

El título –Digamos que cuentos– es, en efecto, a mi modo de ver, una declaración de Salcedo Castañeda encaminada a advertirnos que los textos que integran su obra quizá no encajan con las expectativas que pueda tener un lector convencional del género; que sus cuentos se apartan de los estándares habituales, bien porque optan por el empleo de elipsis que escamotean justamente esas partes de la historia que podrían dotarla de un final en el sentido más clásico del término, bien porque deliberadamente carecen del desarrollo esperado y, por tanto, se ofrecen apenas como bosquejos o apuntes de la trama.

Desde luego, eso no quiere decir que no sean piezas completas y de lograda calidad. Su carácter inacabado, fragmentario o abierto no representa una debilidad, o, en todo caso, no impide que logren plenamente su cometido estético en cuanto relatos, salvo algunas que no alcanzan a ser tales, sino más bien cuadros dinámicos, como “Guitarra gitana” y “Belenbelén”, dos textos dedicados a la música flamenca y cubana, respectivamente, o como “Le temblaban las manos” y “La Gardenia Azul”, que son sólo escenas aisladas, escenas como recortadas de un potencial contexto. 

Digamos que cuentos sitúa sus anécdotas fundamentalmente en tres tipos de espacio: uno citadino, que en la mayoría de los casos corresponde claramente a Barranquilla, una Barranquilla que, intuye uno, es más que todo la de los años 1960 y 1970; otro rural, que corresponde a un pueblo costero cuyas señas explícitas permiten identificarlo con el corregimiento de Salgar; y un tercero pueblerino o semipueblerino, que parece corresponder a la población de Ciénaga, Magdalena.

La variedad de los ambientes va emparejada con la de los temas: los conflictos de la vida conyugal; la violencia social y política, que incluye una alusión a un tópico clásico de la narrativa del Caribe colombiano, la masacre de las bananeras, así como una honda aproximación reflexiva, filosófica, a la muerte; los animales domésticos, sobre todo los perros abandonados en la calle; el cine; el carnaval y su desinhibición sexual; el erotismo; la amistad y el amor juveniles de barriada; la impostura de los desempleados vergonzantes y, ya lo dijimos, la música.

Pero hay otro tema que quiero mencionar en párrafo aparte, y es el de la creación literaria misma, al que Salcedo Castañeda le dedica tres cuentos: “Si encuentran un roncito”, “Damari” y “No importa”. Esta notable presencia de la metaficción en el libro no es gratuita: nos revela, creo, las angustias y las dificultades que padecía el autor –que, como sabemos, era un periodista consagrado y productivo– para sacar adelante (para “maquinuscrear”, de acuerdo con su propio neologismo) sus proyectos narrativos de ficción.

“No hay que haber logrado ser publicado para ser un escritor”, leemos en el cuento “Damari”. Es cierto, Rafa Salcedo, pero que lo hayas conseguido ahora nos permite saber en qué gran medida lo fuiste y los serás.

 

Imagen de jesika.millano
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