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Columnas de opinión
Actualizado hace 4 meses

La Gloria de los libros

Su muerte me remite a su trabajo en Colcultura.

En general, las noticias que la semana pasada informaron de la muerte de Gloria Zea asociaron su figura a su labor al frente del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO). Es bien comprensible, pues ella fue su directora durante 47 años. Pero a mí la infausta novedad, como de seguro a muchos otros colombianos, me remitió de inmediato a otra faceta suya, vinculada en mi caso a una época maravillosa de mi vida: su trabajo como directora del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), entre 1974 y 1982.

¿Por qué fue especial ese período para mí y, lo diré ahora en estos términos, para todo el país? Porque en dicho cargo uno de los logros más brillantes y visibles de Gloria Zea fue el que gestó y alcanzó a través de la División de Publicaciones de esta entidad, que, durante los ocho años de su administración, sacó a la luz más de 200 títulos de autores colombianos, repartidos en varias colecciones, a cuál más atractiva, que integraban la Biblioteca Colombiana de Cultura.

Hay que decir que, cuando ella llegó a la dirección de Colcultura, ya encontró la Biblioteca Colombiana de Cultura, creada por el poeta Jorge Rojas, primer director del ente adscrito al Ministerio de Educación. Es más: todavía se ven en las ventas de libros de viejo de todo el país numerosos ejemplares, con sus tapas de cartón ya desvaídas, de los más de 150 títulos que, dentro de la Colección Popular, se publicaron bajo la gestión de Rojas. Eran ediciones de masivos tirajes en las que lectores de sucesivas generaciones leímos, en distintas épocas, a no pocos escritores nacionales y extranjeros; ahí leí, por ejemplo, los cuentos de J.F. Fuenmayor en un desvencijado ejemplar (Con el doctor afuera) que aprecio tanto como los cuatro tomos de la antología Cuentos colombianos, de Eduardo Pachón Padilla.

Pero Gloria Zea, junto con su principal aliado en esa gran tarea, el poeta y ensayista Juan Gustavo Cobo Borda, llevaron aquella empresa editorial a otro nivel. Aumentaron el número de las colecciones (que de dos pasó a siete), mejoraron la calidad gráfica de los libros, introdujeron formatos de mayor tamaño, hicieron más selectivo el catálogo de autores (que, con pocas excepciones, se concentró sólo en los de nacionalidad colombiana), publicaron en primeras ediciones obras de quienes a la sazón eran los escritores de las nuevas generaciones, en fin.

Aquellos libros de variadas dimensiones, de sugestivas cubiertas en colores (diseñadas todas por la artista Marta Granados), de preciosos contenidos pertenecientes a diversos géneros (novela, cuento, poesía, teatro, ensayo, crítica literaria, periodismo, historiografía, etc.), se nos ofrecían con una frecuencia semanal o quincenal, previamente anunciados por buena parte de la prensa nacional, a precios muy económicos, en los puestos de revistas y periódicos de las principales ciudades del país.

Todo ello constituyó la mejor fiesta posible para los lectores que, como yo, andábamos en una adolescencia enardecida por la literatura, en plena etapa de descubrimiento de autores y obras, y que, llevados por la brújula de nuestras emociones y por la guía que nos ofrecía el catálogo editorial en marcha de Colcultura, saltábamos de un hallazgo a otro, con inocente eclecticismo: de García Márquez a Eduardo Carranza, de Luis Vidales a Álvaro Mutis, de Hernando Téllez a Hernando Valencia Goelkel, de Germán Espinosa a… ¡Andrés Caicedo!

No es, decididamente, esta columna el lugar apropiado para hacer la crónica completa de estos hechos, pues la adquisición de cada uno de esos libros, hecha siempre en una esquina tumultuosa, tiene su propia y emotiva historia. Los conservo aún: unos, ajados, siguen en perfecto estado; otros están remendados con cinta pegante. Ahora los veo –el sabio búho que identificaba a Colcultura impreso en sus carátulas– y no puedo dejar de pensar con cariño y gratitud en la mujer que los hizo posibles y que ahora, ¡caramba!, se acaba de morir.

@JoacoMattosOmar

Imagen de maria.vega
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