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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

El desayuno del domingo

Breve relato del comienzo del día en la vida de una pareja.

–¡Apúrate, que se te enfría el desayuno! –volvió a llamar ella.

Él apareció enseguida, todavía sin bañarse y en pantuflas, en el comedor bien iluminado por esa potente fuente de luz natural que era la ventana, abierta de par en par, que daba al pasillo exterior de la casa. Se sentó a la pequeña mesa redonda de madera, ocupando un puesto junto a ella.

–¿De qué es el sánduche? –preguntó.

–De espinaca, tomate y queso –dijo ella–. ¡Como los que tú preparas!

–Y en pan francés, qué bueno.

Empezaron a comer. El sánduche de cada uno estaba acompañado por una taza de café con leche sin azúcar. Pasados dos o tres minutos, él se sumió en un silencio denso y la mujer lo notó.

–¿Qué te pasa? 

Él demoró unos segundos antes de contestar. Su mutismo se sumó al profundo sosiego del día (era domingo), de modo que toda la casa fue envuelta, casi hasta la opresión, por un vasto silencio que parecía definitivo e irreversible.

–Estuve leyendo el periódico –dijo.

–Yo sé. ¿Y…? –preguntó la mujer.

–No tengo claro lo que me pasa; es como una congoja… o no: es más bien una sensación de agobio por todo lo que está pasando en el país y en el mundo: asesinatos y más asesinatos, migraciones masivas, atentados terroristas, niñas violadas, gente hundida en la cloaca de la miseria… ¡Todo es tan terrible! 

El hombre hizo una pausa. Continuó:

–No puede uno ser ajeno a todo eso. Y lo peor: no hay signos de que las cosas vayan a mejorar.

–Es verdad y te comprendo –intervino ella–. Pero, bueno, de todos modos uno tiene que llevar su vida, intentar ser feliz o, mejor, intentar no ser infeliz a pesar de todas las calamidades sociales.

–Pero es que uno sale a la calle y todo eso ya se le mete por los ojos.

–Sí, sí, de acuerdo. –La mujer calló y el silencio general impuso de nuevo su dominio. Luego agregó–: Mira, el mundo siempre nos dará motivos de preocupación y sufrimiento. Siempre. Pero si todos sucumbiéramos a eso, nadie sería nunca feliz o, por lo menos, nadie podría sacar adelante su propia vida y sentirse regocijado o satisfecho por sus logros particulares. 

Mordió el sánduche, masticó el bocado y tomó un sorbo de café con leche. Vio que él también comía, aunque con evidente desgano.

–Debemos padecer con el mundo –dijo ella–, pues eso es lo que es compadecerse; pero hasta cierto límite. Ya llegarán los momentos en que nuestra propia vida personal y familiar nos proporcione razones íntimas para sufrir y llorar. 

El hombre la miró tratando de concederle la razón, de acogerse a sus argumentos como a un abrazo de alivio. El mutismo volvió a descender sobre ellos. Siguieron comiendo. El único sonido nítido que se oía era el de la porcelana, cuando las tazas hacían contacto con sus respectivos platillos. Ambos notaron que el silencio se cargó entonces de cierta tensión, primero, y que se impregnó luego de una como difusa melancolía. 

De pronto, el hombre dio un fuerte puñetazo sobre la mesa y exclamó: 

–¡Nojoda, qué vaina esta! 

La mujer, alarmada, le dijo que se calmara y le recordó que ya le había explicado que no era para tanto. Él rio por primera vez en toda la mañana. 

–Ajá, ¿y ahora por qué te ríes? –preguntó ella, sorprendida. 

–Lo que pasa es que no he reaccionado así por toda la porquería del mundo –le explicó él, la cara otra vez adusta–. No:  me sacó de casillas esta maldita servilleta que se ha pegado como una cinta adhesiva al pan y no he podido desprenderla sin estropear todo el sánduche. 

–¿De veras fue por eso? –dijo ella–. ¿En serio? ¿Te mortifican los problemas de la humanidad y explotas por una nimiedad como ésa? 

Hizo un gesto de desaprobación, o quizá de condescendencia, o quizá de comprensión, y dijo:

–Qué tontería.

–Sí, qué soberana tontería –asintió él, con voz queda.

 

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