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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Columna paseante

“Flanear” en Barranquilla es una auténtica proeza.

 

Como peatón consumado y de toda la vida que soy y que seré por siempre (jamás me ha tentado conducir nada), aspiro a ejercer algún día la flâneurie, ese maravilloso invento francés. 

Caminar por las calles de la ciudad con el objeto de aspirar el vigor vital que insufla el contacto anónimo con la colmena humana; de observar su multiplicidad de fisonomías y los destinos y caracteres que tras ellas se adivinan; de observar sus oficios; de observar los lugares, abiertos o cerrados, donde se juntan y el modo en que allí se juntan; de observar los lugares mismos y la diversidad de formas que los constituyen; de observar los árboles de las aceras. Caminar con ése y otros fines que no sean en ningún caso el de simplemente trasladarse de un punto a otro por razones estrictamente funcionales y pragmáticas: he ahí, sí, uno de mis desiderátums.

Para que no se me acuse de falsa modestia, debo reconocer que alguna que otra vez mi callejeo pedestre ha alcanzado el nivel de la flâneurie, pero ha sido sólo, si cabe la expresión, una simple flâneurie aficionada. Mi ambición a este respecto es llegar a ser un “vagabundo profesional”, que es el tipo humano que exaltaba el cronista colombiano Luis Tejada, pero desde luego no quieto, sedente, como éste lo concebía, sino móvil, errante, cualidades que por lo demás están ya implícitas en la palabra ‘vagabundo’ y que hacen parte de la esencia de la flâneurie. 

Mientras llega el momento de materializar este ideal, disfruto viviéndolo, como experiencia vicaria, en el minucioso acompañamiento que hago a los flâneurs que recorren sin fatiga, perpetuamente, las páginas bulliciosas y a cielo abierto de ciertas obras literarias.

Así, sigo a Baudelaire en su paseos diurnos y nocturnos por el París de mediados del siglo XIX (“¡Hormigueante ciudad, llena de sueños…”), durante los cuales observa las chimeneas y los campanarios; ve caer la noche que alivia los brazos del obrero y activa los del ladrón y del tahúr; admira a la harapienta mendiga pelirroja, para él encantadora y voluptuosa; se topa con el anciano siniestro que, entre la bruma, se multiplica por siete en su alucinada visión, y se enamora de la transeúnte que ve fugazmente en medio del fragor de la calle, con la convicción triste de que no la volverá a ver nunca más. (No es fortuito, claro, que haya empezado por Baudelaire, pues, como se sabe, el texto “El flâneur”, de Walter Benjamin –uno de los principales estudiosos de este tema– forma parte de su ensayo de 1938 “El París del Segundo Imperio en Baudelaire”).

Sigo a Borges en sus caminatas por las distintas Buenos Aires: la de su juventud en los años 1920, en que, “en busca de la tarde”, se iba “apurando en vano las calles” hasta llegar a las últimas de los arrabales del sur, al borde mismo de la honda llanura y del horizonte; la de su madurez y vejez, en que, apoyado ya en un bastón, deambulaba con lentitud por los alrededores de la calle Maipú y se detenía, “acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán  y la puerta cancel”. No por nada su obra total se inicia con estas líneas: “Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña”.

Sigo, en fin, el recorrido múltiple que hacen por Londres los personajes de La señora Dalloway durante un espléndido día de junio de 1923; el peregrinaje bohemio de Henry Miller por el París de entreguerras; el intenso e inquisitivo itinerario del joven abogado Galip, protagonista de El libro negro, de Orhan Pamuk, por las calles, las plazas, los cafés y los puentes sobre el Bósforo del laberíntico plano de Estambul –Buenos Aires es a Borges lo que Estambul a Pamuk–.

En Barranquilla, la hormigueante ciudad en que vivo, “flanear” es una auténtica proeza, dada la hostilidad de la mayoría de sus aceras. Pero vale la pena: el teatro social y arquitectónico que ofrece es hondo y muy rico, como lo sabemos quienes solemos azotar las calles de, por ejemplo, su viejo centro, el Barrio Abajo y el barrio El Prado.

 

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