El Heraldo
Opinión

La noche de Neruda

Una noche en París, cuando era estudiante y casi indocumentado, les leí en voz alta a unos compañeros de universidad el Canto General de Neruda. Eran los primeros versos de amor a América, en los que la naturaleza casi tangible canta las cordilleras, el cóndor, la humedad y la espesura, el idioma del agua, la gota roja que cae, la paz del búfalo, la planta nupcial de cabellera indomable, el aroma que me trepó por la raíces, sin más nombre, Tierra mía.

Ninguno de mis oyentes hablaba español, pero comprendían misteriosamente las palabras sin verter, bajo el embrujo del ritmo, la musicalidad, la cascada de metáforas. Y lo más impresionante, todos repetían al tiempo, con el calor del vino, palabras sueltas que se reparten por el poema y parecía que iban a llorar, a danzar, con aquellos sonidos que Neruda puso en sus versos, como si fueran un mismo gorjeo que de todos salía. Como un rosario que se reza entre susurros de una procesión con el santo patrono del pueblo a cuestas. Esa noche sucedió meses antes de que Neruda muriera en Santiago, septiembre de 1973, cuando Pinochet derribó a Allende con sus tanques aterradores que entraban ruidosamente por las calles aledañas al Palacio de la Moneda.

Al final de ese nefasto septiembre, Neruda partió del mundo que amó, tal vez muy triste, tal vez agobiado. El poeta chileno no había sido un soldado con el fusil al hombro, ni un francotirador instalado en alguna terraza de la capital en llamas, ni un militante de partido, pese a haber sido comunista, una afiliación que era para muchos menos palpable que su ejercicio de poeta. Porque fue Neruda, siendo embajador, quien acogió, como ministro consejero de la Embajada de Chile en París al escritor y diplomático Jorge Edwards, recién declarado “persona non grata” de La Habana por el régimen de Fidel Castro, primo político del socialismo allendista, un gesto que dice mucho del alma noble y por encima de  los partidismos que fue Neruda. El que murió tras el golpe de Pinochet, fue el poeta, el soñador, el cantor de América, un ser enamorado del lenguaje de la vida, un hombre que ha había vivido,- y no tenía temor de decirlo ni tampoco de confesar cómo había vivido-, tal como se lee en el libro autobiográfico que lleva prácticamente el nombre de unas confesiones, como las de Agustín, cuando narra el camino de su conversión a Dios, las Confesiones de San Agustín.

He recordado la semana pasada la noche en París, declamando entre amigos los versos de Neruda. Septiembre se volvió un mes ingrato para los recuerdos : 11 de septiembre de las Torres Gemelas en Nueva York, Golpe de Estado de Pinochet en Chile, septiembre negro de la masacre de 1972 en Múnich, -en donde me encontraba, además-. Tenía que traer a la memoria  momentos de fraternidad que disfruté regresando al Canto General, una luz en esta oscuridad de la pandemia y de las incertidumbres mundiales, percibidas con más agudeza en el agitado territorio latinoamericano. En los versos de Neruda encontramos más motivos para la esperanza por encima de los odios y las armas.

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