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Opinión

Fe con ética

La religión juega un papel clave en la vida social colombiana y, por tanto, me atrevo a afirmar, basado en los hechos, que las creencias religiosas tienen un peso importante en las elecciones políticas sea porque hay varios partidos de confesión cristiana o porque la fe de los creyentes todavía hace que éstos se fijen en las creencias de aquellos por quienes van a votar.

Ya es costumbre que los candidatos, los presidentes, los líderes políticos vayan a algunas iglesias del país como la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios en Riohacha, quizás la más visible, a rezarle a la Virgen, a encomendarse y hacer la señal de la cruz. Se ha convertido en un espectáculo mediático, así que uno no sabe cuánto de devoción auténtica hay y cuánto de publicidad.

No estamos en un país laico aunque la Constitución haya proclamado la separación de la iglesia y el estado,  invocando la protección de Dios en el Preámbulo. Una forma de reconocer su existencia.  Se supone que es el Dios de todas las religiones, no solo el de una en particular. Lo que no es habitual es que los líderes políticos proclamen que no son creyentes y se atrevan a decir que son ateos, como lo ha hecho Alejandro Gaviria. Tampoco tiene uno elementos para juzgar si la afirmación pública de un dirigente político de otras épocas en torno a su fe en Dios, sea demostración de que sí creían en un ser trascendente. Lo que suelen decir abiertamente es que no son practicantes, como lo expresó alguna vez el ex presidente López Michelsen. Pero tampoco tiene un fundamento para afirmar que esa benigna expresión tiene algo de proselitismo en un país donde ya todo el mundo no es católico como se suponía antes, pero no irreligioso, dado el crecimiento de diversas religiones en los últimos años.

Lo cierto es que la historia del país ha mostrado hasta ahora que la sensibilidad religiosa sobrevive de acuerdo con la tradición sociocultural que le ha dado a la religión católica un puesto muy relevante, siendo el fenómeno del aumento de la confesiones distintas a la católica algo de más reciente data. En todo caso, la religión juega un papel clave en la vida social colombiana y, por tanto, me atrevo a afirmar, basado en los hechos, que las creencias religiosas tienen un peso importante en las elecciones políticas sea porque hay varios partidos de confesión cristiana o porque la fe de los creyentes todavía hace que éstos se fijen en las creencias de aquellos por quienes van a votar. Uno diría que la creencia o la incredulidad religiosa de los líderes mueve la confianza de los votantes. Pero nuestra herencia cultural va más lejos porque nos inclina a la manifestación del fervor y la devoción de la fe que se palpa en las procesiones de los santos patronos y de la Virgen en ciudades tan distantes pero tan cercanas en términos de legado religioso como pueden ser Málaga en España, o en Popayán, por ejemplo. El hecho es que la religión, expresada públicamente, o vivida en privado, mantiene raíces profundas que nos dan razón a quienes pensamos que el ser humano es esencialmente religioso.

Sin embargo, el meollo del asunto es que las creencias religiosas deberían conducir a normas y conductas éticas, a un contrato manifiesto sobre principios y valores que funcionen en la administración del Estado y en la vida política. Con solo ver los turbios manejos de la gestión pública y los niveles de corrupción que imperan, la fe y la ética pública andan divorciadas. 

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