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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

Érase una vez (I)

Eso fue después, y por una decisión comercial del editor, pero, en su origen, el autor de la célebre Historia de la Guerra de los Perros y los Gatos, el ilustre don Gatúbelo Bigotes Miau, la había titulado Gestas Épicas de los Felinos sobre los Pulgosos. Del mismo pie también cojean la mayoría de los historiadores antiguos. Por eso Polibio justifica la necesidad de su inmortal obra sobre la guerra entre Roma y Cartago en el hecho de que, al cartaginés Filino y al romano Fabio –renombrados historiadores del conflicto–, se les había crecido la nariz como a Pinocho. “Creo que les ha ocurrido aproximadamente lo que a los enamorados. Debido a sus ideas y simpatías, Filino cree que los cartaginenses lo hicieron todo con prudencia, con nobleza y con valor, y los romanos, todo lo contrario. Fabio piensa exactamente al revés”.

Para conocer a algunos personajes de la Antigüedad hay que leer, tanto a sus historiadores amigos, como a sus enemigos, y luego sacar el promedio. Si uno dice que Fulanito el Grande era paralítico, y el otro dice que no, que fue un gran atleta, entonces habrá que sumar ambas informaciones y dividirlas entre dos: Fulanito el Grande sí caminaba, pero era cojo y jorobado.
Lo malo es que, a veces, solo hay una o muy pocas fuentes historiográficas, y todas notoriamente parcializadas. Entonces ahí es cuando hay que saber leer entre líneas y sacar petróleo de las inconsistencias y contradicciones del relato. Como la mamá que, de las mentiras y balbuceos de su hijo, al fin logra deducir el porqué lo expulsaron del colegio: no era verdad que el niño no lo sabía o que la seño le tiene rabia, sino que fue por un complicado asunto con cierto bidón de gasolina y una cajetilla de fósforos.   

Nerón habrá sido tremendo y todo lo que quieran, pero también es cierto que, luego de haber sido vapuleado por la lengua viperina de Suetonio, no hay santo varón que quede en pie para reconducir el camino de su fama póstuma.

Porque Suetonio no se perdió el día que, del Cielo, repartieron la agudeza, el humor y las lenguas picantes; pero, en cambio, el día que repartieron la prudencia, el comedimiento y la imparcialidad se quedó dormido y no cogió nada. Eso de que, mientras ardía Roma, Nerón tocaba la lira, seguramente es puro cuento. Más bien habrá sido como si hoy en día, de un alcalde tal, fuera de siempre sabido que se ejercita con la natación, y de repente en su ciudad ocurre un terremoto. ¿Qué no dirán entonces sus opositores? “La ciudad cayéndose a pedazos, y mientras tanto el alcalde allá feliz bañándose en su piscinita de parranda con sus amigotes”. 

Cervantes, que todo lo sabía y de todo se burlaba, deja claro que los historiadores deben ser “puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición no les hagan torcer el camino de la verdad”.

Don Gatúbelo Bigotes Miau todavía no se ha aprendido esa lección y su nueva obra la quiere titular Deslealtades e insolencias históricas de los Come-queso.
(Continuará).  

 

Imagen de sandra.carrillo

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